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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

Las ramas del silencio










Entre madera y descanso
ocupa un lugar el murciélago,
que se abriga con el manto de sus alas
y duerme olvidado en una rama.
No despierta porque amanezca,
sólo cuando la conciencia
agita el recuerdo del reposo.

Si la mandrágora del silencio
se oculta en la pedanía del descanso,
entonces la muerte
aguarda tras la esquina,
en la rama de algún recuerdo:
el manso es capaz de morder
cuando despierta de su letargo
y beber la sangre de las alegrías
mientras viva la noche en la conciencia...

Las almas de los muertos
no vuelan a ninguna parte,
entre madera y descanso
se abrigan con el manto de sus alas
y duermen olvidados en alguna rama.




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© Daniel Moscugat, 2016.
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La momia



Para hablar de esta Momia es imposible eludir las comparaciones. Cuando el ojo fotográfico del gran Murnau, Karl Freund, dirigió al mítico y enorme Boris Karloff en 'La Momia' (1932), se llevó consigo el expresionismo alemán a Hollywood y convirtió en parte de esa mítica visual expresionista en toda una leyenda. Inimaginable pensar que desde aquella momia hasta el inicio de la franquicia dirigida por Stephen Sommers en 1999 ha llovido mucho y la diferencia igualmente fue ingente. La llegada de esta, digámoslo así, 'remasteriación' de la franquicia tiene visos de convertirse en una megafranquicia de proporciones bárbaras.

Pues sí, lamentablemente las comparaciones son odiosas y esta 'Momia' sale mal parada respecto incluso a la de 1999 de Sommers. Esta película congrega una serie de géneros cinematográficos que se tornan incongruentes entre sí: comedia, drama, amor, fantasía, terror, suspense... se mezclan en la coctelera de manera abrupta, y bien batido, consiguiendo quizá que el espectador no sepa en qué está bebiendo; aunque quizá sí note las altas dosis de alcohol puesto que la espiral hipnotizante de flashes sin sentido acaba por relajarnos hasta tal punto de querer echarnos una siesta. Quizá su director, Alex Kurtzman, más acostumbrado a lidiar con episodios seriales de Fringe o Sleepy Hollow, y más conocido por el guión de 'Transformers' (2007) o responsable de la producción de 'Star Trek: en la oscuridad' (2013), no ha sabido darle la medida justa a cada género, si lo que quería de verdad era conjugarlos todos. El humor es desmedido en ocasiones y queda fuera de lugar, los toques de terror se prolongan hasta la incomodidad, el drama resulta fuera de lugar, lo fantástico remoza cada secuencia bordando lo excesivo (sobre todo en lo que respecta a los no muertos), y así hasta cierto hartazgo... porque de lo que se trata es de volver a traer a la memoria del espectador una película de aventuras con más o menos acierto y precisamente es lo que no terminamos de ver en la película, aventuras; acción, sí; efectos visuales, también; pero poca aventura. 

Es obvio el argumento, aunque difiere sustancialmente respecto a 'La Momia' (1999) de Brendan Fraser y Rachel Weisz. Ahmanet (Sofia Boutella), princesa egipcia a la que su padre prometió el trono, vio como éste tuvo un hijo con una de sus concubinas y decidió ofrecer el trono a éste. Ahmanet se revela furiosa contra su progenitor y decide entregarse a Seth, el dios egipcio de la muerte, asesinando a toda su familia para hacerse con el poder, pero es enterrada en una tumba que es descubierta al cabo de los siglos por Nick Morton (Tom Cruise). El odio y, sobre todo, la culminación de un ritual ancestral para encarnar a Seth y darle vida, traerá al mundo grandes males. Nick y su compañera de aventura Jenny Halsey (Anabelle Wallis) se enfrentarán a este desafío de laberintos, arenas movedizas y, sobre todo, periplos submarinos. 

Dicho todo esto, quizá merezca la pena ver esta película al menos por los efectos visuales. Acostumbrado a la versatilidad como realizador en las series, Alex Kurtzman se atreve a encarnar incluso al mismísimo Dr. Jekyll y a un ladrador Mr. Hyde. Que, por otro lado, encarna a la perfección y con cierta robustez y maestría un gran Russell Crowe. Pero aparte de esto y de que dispone, como ya he comentado, de unos magníficos efectos visuales, la película adolece de continuidad: entra en una espiral de acción para desembocar hacia grandes dosis de humor, que dan paso a buenas secuencias de acción abigarradas a ciertos tintes de zombis o muertos vivientes que resultan en cierta manera cómicos, y tras unos buenos planos de suspense, que se rompen con ciertos quiebros de terror, acaba con unos momentos de acción que supone en su conjunto una película de aventuras,... que no se aprecia por el exceso de géneros mezclados en una coctelera, batidos, que no agitados, porque lo único que se agita de verdad es el amor con el que acaba sellándose todos los géneros. Y nos lo sirven templado, le falta frescor a ese cocktail.

Una mención especial merece Sofia Boutella, que encarna a una Ahmanet grande y estupenda, que va in crescendo a medida que avanza la película y que se embarra por ciertos vacíos de guión que restan credibilidad a la trama en su conjunto. Aunque detesto sumarme al linchamiento generalizado que hay habitualmente en torno a la figura de Tom Cruise cada vez que aparece por la gran pantalla, lo cierto es que se le ve falto de ambición, de ganas, le falta sangre y en ocasiones incluso se le ve como si la cosa no fuese con él. 

Por último, no quisiera dejar de reseñar que cuando hace ya tres años la Universal, casa que ampara todo este desaguisado, anunció un plan ambicioso en el que pretendía resucitar todo su mausoleo de "clásicos" que jalonaron la fama que engrandeció a unos estudios por entonces pequeños: Drácula, El Hombre Lobo, Frankenstein, El hombre invisible,... y cómo no, La Momia, no imaginaba que empezarían con tan mal pie. Esperemos, por el bien de la memoria de aquellos grandes clásicos de la historia del cine, que todos esos 're-boots' sean un poco más congruentes, dispongan de mejores guiones y, por qué no decirlo, mantengan la línea respecto a los efectos visuales tal y como se exhibe en esta producción. No siempre una cara conocida te garantiza un éxito. La Universal debiera tomar nota...







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La cobardía y Mearsault

Ya he comentado en alguna que otra ocasión que me gusta dar tiempo a todo aquello que se comenta en caliente o esas noticias que produce urticaria entre la población bienpensante. Por eso heme aquí comentando un pequeño detalle en relación al atentado de Londres del pasado 3 de junio. Parece que hemos olvidado con facilidad una fecha tan cercana. Siempre se me vienen muchos flashes al respecto de tipo filosófico al recordar ideas relacionadas al existencialismo y cosas parecidas cuando se producen atentados o catástrofes naturales. Quizá en esta ocasión ando más cerca 'Del sentimiento trágico de la vida', por aquello de que Unamuno aleccionaba sobre las reacciones del españolito ante 'la invasión europea', aquellos que rechazan todo lo extranjero sistemáticamente, los que por contra deciden asumir como propio todo lo ajeno, los que pretenden proteger todo lo suyo, lo que deciden rechazar hasta lo propio... Cada cual tiene su significación y cada significante lleva consigo un significado. Los mercenarios del DAESH perpetraron su penúltimo ataque en suelo europeo, una invasión silenciosa que viene de vuelta tras las perpetrada de manera brusca por el mundo occidental, metiendo las narices donde no los llamó nadie. Pero esto no es lo que nos ocupa ahora, porque sólo este axioma daría para postear varias parrafadas a modo de ensayo. Sigo con lo que iba. Los mal llamados 'lobos solitarios', que en realidad son locos asesinos que toman la religión como justificante de sus actos en venganza por el asedio injustificado de occidente hacia sus lugares sagrados, salieron a la calle a cercenar la vida de cuantos les salían al paso. Un tal Ignacio Echevarría sale a la palestra por su heroicidad. Lo fácil ahora sería hacer una oda de ensalzamiento al héroe del monopatín, que merece cientos si es necesario, y que no debiéramos olvidar apresuradamente. No obstante, lo que me ha empujado a escribir sobre ello es muchos comentarios que corren por la red de redes en defensa de la cobardía, de huir y no mirar hacia atrás. De 'por qué tuvo que meterse en berenjenales de camisas de once varas' el pobre Ignacio Echevarría. Porque 'la vida es el único tesoro que tenemos como para desperdiciarlo en ayudar a cualquieraque lo necesite. La valentía es una milonga que empuja a los cementerios del mundo a miles de héroes cada año. Incluso me han llegado a comentar (para tirarse de los pelos del pecho, porque afortunadamente me quedan pocos de tonto ya sobre el cuero cabelludo) que se prefieren hijos cobardes (auspiciados por también la cobardía de sus progenitores) que visitar la tumba de un héroe.

Todas esas odas a la cobardía, en sí mismas, tienen las patas tan cortas que ni siquiera su propia indolencia les sería suficiente como para salir huyendo hacia mejor estado. No les daría tiempo.  A mí personalmente me producen vómitos multicolor, que se abigarran a la indignación. Pero lo que yo piense aquí está de más, porque lo que quiero transmitir es el clamor de la sangre de los 'héroes' al oír y leer palabras semejantes. Cuando alguien desde su sano juicio decide que es preferible la cobardía de un hijo a hacerle frente a la vida, con sus riesgos y sus aristas, es estigmatizarlo y animarle a la individualidad, al egoísmo, al yo por encima de todas las cosas, directamente se le emplaza a no desear el bien de ningún otro congénere, a no ser que el de uno mismo esté primero y por encima de cualquier otro, la bondad, la mano tendida al prójimo, está de más. Tal vez sea ésa la primera de las premisas del fascismo. 

Reaccionar con cobardía por una amenaza de muerte, por ejemplo, es otorgarle la razón al amenazante. No habría dibujantes en Charlie Hebdo, ni en El Jueves, ni el Mongolia; no habría periodistas de investigación sacando a flote la basura de la corrupción, no habría existido Watergate,... Y es en ese estado en el que se ha sumido en realidad la sociedad en la que vivimos, donde la tribuna de cualquier red social se convierte en un megáfono insultante para verter toda clase de basura con tal de tener unos pequeños aplausos para reconfortar nuestro ego, o acumular todos los comentarios posibles y tantos 'likes' como seamos capaces de acopiar para mostrar nuestra supremacía. Una sociedad que vive por inercia, que hace las cosas solo por hacerlas, sin expresar sentimiento de odio, ni repugnancia, ni felicidad, ni amor... simplemente indiferencia. Quizá alguna reacción en cadena en repulsa al atentado, a la catástrofe, a la subyugación de la voluntad, pero todo queda en el olvido pasadas unas pocas fechas. Podría contar a bote pronto cientos de ellas en la última década, pero sírvase que ya olvidamos que un país como Siria está asolado y casi a diario bombardeado, que en Fukushima sigue existiendo un problema de alcance mundial, que tras el terremoto de Haití en 2010 le siguió un ciclón que devastó la isla el pasado año y aún intenta la población recuperar todo lo perdido, además de recomponer en la medida de lo posible el Estado... En el país de los ciegos, el tuerto es el rey.  Porque ya parece haberse sumido todo en el olvido y a mí se me da bien traer al recuerdo de vez en cuando hasta donde llega a veces la mezquindad, la hipocresía humana.

No voy a desviarme por tantas y tantas personas que murieron de un modo u otro para que los que disfrutamos de libertad y democracia tengamos la oportunidad de elegir gobierno, de que las mujeres puedan votar, de que los trabajadores tengan derechos, que la analfabetización suponga una mera anécdota y podamos disfrutar de escolarización,... esos héroes y heroínas que dieron su vida para que aquellos que ven incomprensible que alguien pueda incluso dar la vida por su congénere tengan la oportunidad de tener un buen coche, una casa, acceso a ropa de calidad, una nevera llena. Podría llenar este post con la valentía de bomberos, policía nacional, guardia civil, agentes de protección civil,... que con sus propias vidas protegen y amparan la de los demás. Tampoco voy a traer a colación aquí a los que aun mueren en defensa de la libertad de prensa, opinión, por liberar a su pueblo de la opresión de un régimen dictatorial, por la medicina y las vacunas de su pueblo, por los médicos que dejan el alma en que los pueblos más castigados tengan acceso a las vacunas más básicas... La lista de personas sería interminable, que de un modo u otro han dado la vida por que tengamos oportunidad de disfrutar de aquello que disfrutamos o bien de aquellos que luchan encarnizadamente por que haya personas. Todas esas personas han luchado y dado su sangre para que podamos tener aquello de cuanto disfrutamos en las sociedades occidentales, así como los que aún la dan para que los que no lo disfrutan puedan algún día tener al alcance de la mano aquello que los de aquí ni tan siquiera lo apreciamos. Dieron su sangre para que la vida continuase evolucionando, creciendo.

Lo que si me gustaría es hacer unos pequeños guiños a modo de recordatorio. Que afortunadamente también existen héroes cotidianos, que NUNCA pensaron ni quisieron serlo. Simplemente el propio instinto de supervivencia, el de protección de la propia vida, empujaron a la reacción y no a la huida. Lo que en un principio era o parecía ser una fiesta de pijamas familiar, casi se convirtió en tragedia. La pequeña Isabelle Soubie, ante el desmayo inesperado de su abuelo Bob, no dudó en llamar al 911 para alertar de la situación. La intrepidez de la niña, que no pudo desbloquear el teléfono, le hizo prestar la atención al botón de marcado de emergencias, al que llamó sin dudar. Fue esa templanza, junto con la aleccionadora guía previa por parte de sus progenitores, lo que le hizo tener la suficiente sangre fría como para acabar salvándole la vida a su abuelo. (Leer más aquí...). Este episodio acabó en final feliz, no así el caso del niño argentino William Yasin Mame, quien fue capaz de asesinar al que pretendía violar a su hermana. Éste roció de combustible al joven al tratar de incendiar la casa y no pudo salir con vida de las graves quemaduras que sufrió. Tanto esta como otras pequeñas historias similares puede seguirlas desde aquí. En estos pequeños ejemplos, un caso tuvo final feliz, el otro trágico. Pero a ambos les une un nexo en común: la defensa de la vida y la protección de la misma por encima de cualquier cosa. Si a ambos niños les hubieran educado en la cobardía, en salir corriendo para salvarse uno mismo, en cobijarse bajo la almohada y esperar acontecimientos, probablemente la niña habría perdido a su abuelo y el niño viviría; aunque de seguro hubieran sufrido sendos traumas que se perpetuarían a lo largo de sus vida. Esos niños jamás pensaron que iban a ser pequeños 'héroes', simplemente les abrazaba un instinto de supervivencia, de protección a la vida, es inherente al ser humano. 

Unos jóvenes vándalos, ese tipo de cobardes que huyen por piernas cuando ven las cosas feas para su integridad o que pongan en peligro sus fechorías, apalizaban a un vagabundo cerca de una estación de metro; porque eso sí, sólo son capaces de actuar en grupo ante una víctima indefensa. Por allí pasaba Mariano con su mujer, que simplemente increpaba a los jóvenes que por qué pegaban al pobre hombre de aquella manera, que dejaran de hacerlo, que podría ser abuelo de cualquiera de ellos. Simplemente les apalizaban por ser un "hijo de puta". Y por defenderle, Mariano recibió también lo suyo... y perdió su vida por los golpes. Ese minuto trágico en el que perdió la vida defendiendo la dignidad de otra persona evitó a su vez que aquel mendigo falleciera. Quizá lo propio hubiera sido mirar hacia otro lado, pero por dignidad humana Mariano puso medios para rescatar la vida. Lo cómodo, claro está, hubiera sido salir por piernas, pero la conciencia hubiera hecho estragos habiendo sido testigo presencial y cómplice por omisión de un homicidio. (Leer más...


Y cuando hablamos de salir en defensa de una agresión machista, por ejemplo, en seguida se nos viene a la mente (al menos a mí) la mediación del profesor Neira frente a su agresor, Antonio Puerta, quien lo dejó en coma durante meses. Unos minutos de zozobra que salvó no obstante la vida de una mujer que hubiera engrosado la lista de víctimas de no haber sido por la mediación de Jesús Neira. De haber sido aleccionado en la cobardía probablemente no se hubiera inmutado y quizá todo habría quedado en un número más para las estadísticas de víctimas del machismo. Pero personas como él escriben el ejemplo a seguir de dónde se ha de luchar, de cómo se ha de combatir y, sobre todo, que no hay mayor respeto a la vida que defender la vida, especialmente cuando se ve amenazada. Incluso sin querer ser un héroe, ejerció como tal y de camino dejó con el culete al aire a toda una faraona de la política como Esperanza Aguirre, evidenciando su mezquindad, su capacidad para la mentira, su repugnante habilidad para escabullir el bulto... su cobardía en definitiva. (Leer más...)

Y para acabar de poner ejemplos, el más reciente de todos es el de Pablo, un chaval que celebraba su cumpleaños con unos amigos y salió a tomar un poco el aire con uno de ellos. Se toparon con un par de individuos que discutían fuertemente y lo único que quiso fue mediar para que no trascendiera todo en una pelea... y al final fue él mismo el que recibió la paliza, con tan mala  fortuna que se dejó la vida en ello. Si hubiera escurrido el bulto como habría hecho la mayoría, probablemente Pablo ahora mismo estaría riendo con sus amigos celebrando cualquier otra cosa. Pero la heroicidad se resumió simplemente en intentar mediar para que hubiera paz entre dos mundos opuestos. Eso es todo. Nadie, ni él mismo, hubiera pensado en ningún momento que se iba a dejar la vida en semejante sentido común. Y fue precisamente la cobardía de dos gamberros sin escrúpulos los que cercenaron todo su futuro, sus esperanzas, ilusiones, sueños, amor, familia,... vida. (Leer más...)

Es perfectamente humano sentir miedo ante una situación de peligro, la reacción de protección de lo que uno ama es un instinto natural. La tragedia se cierne sobre la vida cuando precisamente, como apostillé antes, las reacciones ante 'la invasión' de aquellos que rechazan todo lo extranjero sistemáticamente, los que por contra deciden asumir como propio todo lo ajeno, los que pretenden proteger todo lo suyo, los que deciden rechazar hasta lo propio... es la de proteger. Cada significante con su significado. Absolutamente nadie, y mucho menos los niños, viven con la premisa de lo heroico en el momento de actuar en defensa de la vida y la libertad o la protección. Cada uno de los 'héroes' que intentaron mediar en pos de la libertad y el respeto por la vida nunca pensaron en que podrían haber perdido aquello que defendían. Pero resulta pavoroso comprobar cómo existen individuos que su interpretación del existencialismo es el de Meursaullt (El extranjero, Albert Camus. 1942), el que vivía por inercia, el que hacía las cosas solo por hacerlas, sin expresar sentimiento de odio, ni repugnancia, ni felicidad, ni amor... simplemente indiferencia. La esencia o reflejo de una sociedad individualista como la de hoy que vive por inercia, como si no hubieran pasado 75 años, como si la sensación de abandono y desgana permanezcan aún presente en el ánimo de una sociedad española que siente indiferencia ante el robo sistematizado de la clase política y sus amigos de mesa y mantel. Se vive para el individualismo más voraz de cuantos hayamos vivido nunca en la historia de la humanidad, donde un 'tweet' es similar a un disparo o un vómito de facebook es un mantra que todo el que termina siguiéndolo acaba enfermo de soledad.

En efecto, la vida es el único tesoro que tenemos, pero la vida sólo podemos defenderla con la vida, aun a riesgo de "desperdiciarla" en la lucha. En modo alguno estoy predicando que debemos salir a la calle a tirarnos en brazos de todo aquel que atente contra la vida de los demás, así sin ton ni son, como queriendo que nos liquiden para convertirnos en idiotas, no en héroes. Pero el acto de proteger la integridad en la medida que alcance nuestro amor a la propia vida es lo que determina el grado sumo de respeto y amor a la nuestra. La valentía no es ninguna milonga y no es precisamente lo que lleva a los cementerios del mundo a los héroes. Es precisamente la cobardía del que mira desde otro lado y sale huyendo, dejando solo al que trata de defender esa posesión que cree que defiende el que sale corriendo, la que fomenta esta sociedad desarraigada del individualismo. Preferir hijos cobardes que visitar la tumba de un héroe es cercenar el derecho a decir todo esto que ahora mismo estoy tecleando sobre mi viejo portátil. De ser así, probablemente todas esas manifestaciones, luchas, protestas, etc, etc, que han llevado al camino del progreso a esta sociedad, de la mano de la cobardía de esconder la cabeza bajo tierra para así hacer desaparecer el problema, nos habría dejado estancados en el oscurantismo del medioevo. Porque unos cuantos hijos de padres que les aleccionaron en la vida y su sagrada defensa, dieron la suya en algún momento para que yo, Daniel Moscugat, pueda decir cuanto se me ocurra opinar (dentro de lo que establece la legalidad y el respeto) y usted, querido lector, tenga la libertad de poder elegir leer estas líneas sin que nadie le reprenda por ello. Tan sólo por eso estaré enormemente agradecido a todos esos héroes. Nunca podré agradecerle nada al cobarde que huyó y no defendió este privilegio que ahora ejerzo. Desgraciadamente vivimos en una  época de individualismos cobardes que siempre terminan escondidos, bien bajo las alas de la intolerancia y la fuerza, bien tras la pantalla de un ordenador donde despotricar enmascarado en un sobrenombre. Y desafortunadamente estamos rodeados del costumbrismo existencialista de Mearsault: 'así son todos los días', 'uno acaba por acostumbrarse a todo', 'nada ha cambiado...'. Pero afortunadamente siempre habrá alguien que, montado sobre un patinete, pase velozmente por donde caminamos y nos haga despertar del letargo en el que andábamos sumidos y nos obligue a increpar al mundo su osadía, aunque la mayoría siga huyendo ante cualquier duda o amenaza. Siempre habrá alguien que nos haga reaccionar, y ése, tanto si da su vida como si no, será un héroe al que recordar.






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La promesa


A primer golpe de vista, cuando uno mira el cartel de la película, el trailer con el que se trata de vender al público y el título que encabeza esta producción, da la impresión de que el espectador va a inmolarse viendo un drama épico de amor imposible, más propio de un culebrón venezolano que de una superproducción seria. De hecho, es eso lo que uno ve, pero lo que destaca y predomina en toda la película es la épica de un tiempo convulso, histórico, trágico, para el pueblo armenio en el polvorín otomano de primera guerra mundial. Un marco histórico escasamente tratado en el cine y que el director irlandés Terry George (cuya cinematografía es mayoritariamente británica y el título que más se le recuerde sea 'Un cruce en el destino' (2007), con Joaquin PhoenixJennifer Connely y Marc Ruffalo en el elenco de intérpretes principales, algún que otro episodio de la serie protagonizada por Gabriel Byrne, 'En Terapia' (2008), que encarna los sinsabores de un peculiar psicoanalista entrado ya en la cincuentena, pero de seguro más conocido por 'En el nombre del padre' (1993), siendo el artífice del guión)  utiliza un triángulo amoroso para desarrollar encuentros y desencuentros auspiciados bajo episodios románticos, épicos y finalmente trágicos.

La película comienza hacia 1914 en un pequeño pueblo del sur de Turquía, mayoritariamente poblado por armenios. El protagonista Micael (Oscar Isaac) es un prometedor médico que ejerce como boticario para la población y su deseo es realizar estudios de medicina en Constantinopla. Hace la promesa de casarse con su joven prometida cuando regrese de cursar los estudios que podrá costear gracias a la dote. Pero todo da un vuelco al estallar la primera guerra mundial. Comienza la persecución del pueblo armenio, a quien el por entonces imperio otomano considera traidor. Micael conoce a la sofisticada y también armenia Ana (Charlotte le Bon) y a su amante Chris (Christian Bale), reportero estadounidense de Asociated Press. Una serie de encuentros y desenuentros bajo el hilo de si Ana acabará en brazos del uno o del otro y de si Micael cumple con la promesa, dan como resultado una serie de momentos épicos y trágicos que pululan por lo romántico y que se desarrolla bajo el epígrafe del poco comentado o narrado genocidio armenio por Turquía, en una época convulsa.

La verdad es que poco o muy poco se ha contado sobre el no reconocido genocidio por parte del gobierno turco y esta cinta hace un gran favor a las peculiaridades intrínsecas que hubo tras este poco conocido capítulo de la triste historia de la humanidad: más de un millón y medio de armenios asesinados impunemente. Es de agradecer, pues, que rompa con esta especie de ley de silencio, y también es de agradecer que no haya sucumbido a la denuncia fácil y ostensible que se ha hecho en otros filmes sobre el otro genocidio más conocido, fotografiado y filmado, el archiconocido de la Alemania nazi infligido a los judíos. Solo me viene a colación un filme al respecto y, claro está, dirigido por el armenio Atom Egoyan, 'Ararat' (2002).

La película se desarrolla no obstante sin explicar mínimamente las peculiaridades geopolíticas de la época, que hubiera sido de gran ayuda para que el espectador pueda comprender mejor la situación de aquella minoría cristiana armenia. Y a pesar de los altibajos, produce en el espectador una sensación de desazón e indignación final. No comprende uno bien el porqué tanto silencio en torno a un genocidio comparable al del exterminio nazi por parte de la Alemania del Tercer Reich. De hecho, un tren con los vagones llenos de armenios hacinados aullando desesperadamente por un poco de agua llovida del cielo nos recuerda el imaginario del exterminio alemán.


Cuenta con un elenco cosmopolita de actores que rayan a gran altura: Oscar Isaac (Guatemalteco), Charlotte le Bon (Francesa), Christian Bale (Estadounidense), Alicia Borrachero (Española), Shohreh Aghdashloo (Iraní), James Cromwell (Estadounidense), Daniel Jiménez Cacho (Español), Jean Reno (Francés), Angela Sarafyan (Armenia), Numan Acar (Turco), etc... Con un nivel interpretativo irreprochable y sin matices pobres, salvo ciertos arquetipos novelescos en los tramos finales de los protagonistas. Me refiero a un final tópico de epílogo con el héroe y su familia felizmente instalados en Estados Unidos. Cosa que ofrece una duda: ¿la película es realmente sobre el genocidio o sobre aquellos que escaparon? Será el espectador quien deba despejar esa incógnita.

09.06.17   -   Por fin es viernes   COPE Málaga 93.4 FM







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Personas

Para comentar, y sobre todo entender, esta parrafada que estoy a punto de soltar, he viajado hasta los albores etimológicos de la palabra "persona". Según la Real Academia de la Lengua, propone de manera escueta aunque explícita que el origen de esa palabra proviene del latín persōna ('máscara de actor', 'personaje teatral', 'personalidad'), y éste a su vez del etrusco φersu, que a su vez toma del griego prósōpon. Bueno, esto traducido es algo así como que en el teatro griego la voz con la que se dramatizaba y declamaba desde el escenario no era en ocasiones lo suficientemente potente como para alcanzar a todo el público asistente. De modo que se usaban máscaras para expresar sentimientos alegres, tristes, melancólicos, irascilbles... Aquellas máscaras recibían el nombre o apelativo 'para sonar' (per sona). Se deduce, pues, según la propia etimología de la palabra y, resumiendo porque esto daría para hablar horas, tal y como compone su origen la RAE, la personalidad, esa máscara de actor que todos llevamos consigo, es nuestro personaje teatral, lo que oculta todo cuanto llevamos dentro que queremos esconder y, a su vez, todo aquello  que queremos hacer oír hacia el exterior.

Por circunstancias personales que no vienen a cuento, especialmente el último año y medio llevo haciendo el recorrido Málaga-Benajarafe por autovía. Es una autovía que tiene unas restricciones de velocidad bastante específicas, donde en la mayoría del recorrido está prohibido superar los 80 kilómetros/hora, siendo un par de tramos explícitos y bastante reducidos los que permite circular hasta los 100 kilómetros/hora. La brutalidad y el exceso de velocidad, salvo honrosas excepciones (que son los puntos estratégicos por todos los conductores conocidos donde han de reducir la velocidad por la presencia de sendos radares), son la tónica general. Mi pareja, conductora experta y prudente donde las haya, respetuosa con la velocidad, las marcas viales y la señalización pertinentes, y este que les escribe, comentamos en ocasiones las numerosas jugadas diarias como si de un partido de fútbol cualquiera se tratase. Hemos presenciado accidentes inverosímiles, colisiones aparatosas, atestados con resultado mortal, adelantamientos imprudentes que emulan los que solía hacer otrora Fernando Alonso (siendo ahora el que las recibe), rebasamientos a 160 o 180 kilómetros/hora (aproximación que uno mide por el tiempo transcurrido entre línea y línea discontinua del bólido en cuestión comparado con el que discurrimos nosotros por el asfalto en el mismo tiempo), maniobras inverosímiles que hacen pensar en el flagrante desconocimiento del código de circulación (esto significa, por ejemplo, el hecho de que el ignorante de turno reclame, con sonoros golpes de claxon y aspavientos de energúmeno, que le dejes pasar cuando está situado en un carril de incorporación con un obligatorio ceda el paso en sus mismísimas narices, tanto en marcas viales como en señalización), la absoluta falta de escrúpulos  e igualmente desconocimiento del susodicho código que determina que ningún, repito, ningún conductor sabe respetar a la hora de enfrentarse a una señal de STOP (cuando esto ha sucedido en alguna ocasión ante nuestras narices, es decir, que un precavido decide detener por completo el vehículo ante la línea de detención, haya o no circulación que discurra por la vía a la que se incorpora, lo celebramos y le concedemos un pequeño premio virtual al conductor del año), pero sobre todo dejo para este pequeño final los túneles: un privilegiado escondite para adelantamientos estilo Indianápolis, excesos de velocidad inauditos, esláloms de vértigo que ni el mismísimo Sébastien Loeb sobre el hielo sería capaz de ejecutar, absoluta falta de respeto a la distancia de seguridad del que precede con el consecuente acoso para que aceleres... Demasiadas cosas que no acaban en descarnadas tragedias porque la fortuna, el ángel de la guarda, Dios, la providencia, los santos del cielo y toda la corte de mártires de todas las religiones habidas y por haber deciden que no es el momento.

Podría estar escribiendo en líneas generales sobre ese trayecto diario, que muy espeialmente debiera estar muchísimo más vigilado por las autoridades (y de paso harían caja de manera ingente); un trayecto ejemplificador de tantos otros trayectos de la geografía nacional del que podría estar narrando a diario un relato, y la sorpresa por parte del lector no me cabe duda que sería mayúscula. Y en este punto está preguntando... ¿Qué tiene que ver esta denuncia con la etimología de la palabra "persona"? Pues a eso voy...

La carretera es un fiel reflejo de la hipocresía de la sociedad en la que vivimos. Así, sin anestesia. Es el algodón del mayodromo de Ten. Se Utiliza la máscara de la personalidad para convencer, a quienes nos ven actuar, de nuestros estados de ánimos, de quiénes pretendemos o queremos ser. Mostramos así sensibilidades, sentimientos, prédicas y demás affaires  que enmascaren en realidad lo que llevamos dentro. Somos, querámoslo o no, actores que interpretan un papel de cómo queremos que nos vean y quienes nos gustaría ser en realidad. Y cuando nos ponemos frente al volante y entramos en ese habitáculo angosto del vehículo, o sobre la montura a cuerpo descubierto de dos ruedas, nuestro territorio privado y donde no hay cabida a la interpretación, aflora quiénes somos realmente. El vehículo es una extensión de lo que llevamos más hondo, es una 'habitación' donde dejamos a un lado esa máscara  para que dormite en un estado aletargado que recuperamos al estacionar. Ese alter ego que permanece indómito en el subconsciente aflora cuando hacemos nuestro el territorio de un trayecto por corto que resulte ser. En ese trayecto se engrandece el ego, el yo que está alimentado por el conjunto de lo social que le rodea, de lo que aprende. Ese trayecto en el automóvil describe con fidelidad lo que somos intrínsecamente.

Pero la peculiaridad que transmite el asfalto tiene que ver en parte con la adrenalina, especialmente si ésta se cruza con la testosterona. De todos es sabido los estadios por donde pasa un descuido o simplemente el respeto a las normas de tráfico, teniendo como cabeza visible o responsable a una mujer. La verborrea falacia del machismo más casposo da paso, no sólo en la locuacidad del bocazas de turno, también en las prácticas de conducción que van acompañadas de agresividad, alteración del orden, gestualidad ostensible, grosería,... póngale el lector el resto de imaginerías varias. Es algo así como lo que se ha dado a conocer con el sobrenombre de "poscensura". No hace muchas fechas leí un artículo más que interesante, que hace un resumen de ello y que aludiré con una simple oración gramatical para equiparar la magnitud: "Adular al superior, ofender al inferior y quejarse por la indignación del ofendido: he ahí la fórmula del ascenso social en el escalafón intelectual de nuestro tiempo". Y es que los que nos dedicamos a poner una palabra tras otra a veces nos vemos sometidos a la ofensa pública a través de las redes de alcantarillado social por el simple placer de vernos indignados por tales ofensas. Salen a la palestra víboras, ratas y otras alimañas con afán de medrar a cambio de unos ejemplares publicados en alguna editorial de renombre o simplemente por el beneplácito de ser custodiado por las alas del ofensor (habitualmente un intelectual venido a menos). Como contraprestación sólo han de prestar lealtad, como si estuviesen al amparo de un contrato de vasallaje, bajo la amenaza de ser considerado traidores a la causa del señor feudal, infligndo vejación y humillación gratuitos a todo aquel que se sienta humillado. Unos se sienten intocables ante el linchamiento y escarnio público y los otros medran en el escalafón mediático intelectual: todos contentos con su papel.

Sucede de un modo parecido con los conductores avezados que se echan a la calle a diario. Algunos se sienten con la potestad de ofender al inferior, al que posee un coche viejo o aparentemente de inferior cilindrada, tamaño, precio o potencia, o simplemente por ser del género femenino, y es propio en lacayos de estrato social semejante al aludido con anterioridad que liberen el claxon en apoyo al todopoderoso camión, furgoneta, potente vehículo de tecnología alemana o deportivo italiano. Un código no escrito que cada cual lleva en la guantera y que en uno de sus múltiples artículos lleva explícitamente impreso que quien respeta las normas de tráfico allá por donde va conduciendo es un maldito imbécil que no merece el menor de los respetos, y del mismo modo aquel que es capaz de tomar una curva a 140 kilómetros hora, o quizá por ejecutar un adelantamiento al doble de la velocidad del que tiene ante sí, o incluso por acosar intimidatoriamente por la retaguardia hasta el punto de verse obligado a cambiar apresuradamente de carril sin seguridad, es un auténtico macho ibérico. La eterna disyuntiva de nadar contracorriente al hacer las cosas como uno debe por respeto hacia los demás conductores, o infringir los preceptos y avasallar a todo el que no cumpla con esa ley intelectual no escrita de apartar a todo aquel que pretenda ser honesto.

Apenas hay mucho más que decir, pues he sido sumamente comedido y casi que no he querido entrar en la misma retórica del conductor intelectual (perdón, quería decir habitual) que pulula por estas carreteras de dios. En esta era de la tecnología y la información, de la cultura libre y compartir todo, del buenismo y lo políticamente correcto, ni tan siquiera hemos asimilado la procedencia de las etimología de las palabras que usamos diariamente. Esto no es la antigua Grecia, pero vamos en ese camino de retrospección en el que usamos y necesitamos de máscaras (fotos de perfil, información pseudofilosófica, acumulación de 'likes' y 'selfies' y 'amigos' y de un largo etcétera que conocemos todos). Y las necesitamos porque la voz no es en ocasiones lo suficientemente potente como para alcanzar a todo el público. Necesitamos usar esas máscaras para expresar sentimientos alegres, tristes, melancólios,... Aquellas máscaras recibían el nombre o apelativo 'para sonar' (per sona). Se deduce, pues, según la propia etimología de la palabra, esa máscara de actor que todos llevamos consigo es nuestro personaje teatral, lo que oculta todo cuanto llevamos dentro y queremos esconder, y, a su vez, todo aquello  que queremos hacer oír hacia el exterior. Eso cabe dentro del habitáculo de un vehículo, del mismo modo que en cualquier perfil de cualquiera de las redes sociales de las que somos esclavos, desde donde ejecutamos las acciones pertinentes de nuestro verdadero yo, afectando a cualquiera que pasaba por ahí, cualquiera que no conocemos, y en ocasiones hasta que conocemos bien, pero que nos suele importar más bien poco. Porque el punto de inflexión es el alimento de ese ego que escondemos tras la máscara. Y el verdadero problema es que esa actitud puede explotarnos algún día en la misma cara y ni tan siquiera el habitáculo en el que creemos estar protegidos o ser inmunes de todo cuanto hay a nuestro alrededor nos protegerá de la terrible tragedia de perder algo valioso sobre el asfalto... o quién sabe si sobre la línea de tiempo de nuestra máscara social.






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Amour

FICHA TÉCNICA  -  TRAILER  -  WEB

Lo que pueda decir de esta cinta resultará banal y aun así voy a tirarme a la piscina con la esperanza de encontrar siquiera un charco de agua que amortigüe la caída. Apostillaré, pues, que no hay persona en este planeta que no haya calificado ya el amor de alguna manera: poesía, relato, novela, historias reales, películas... Pudiera resultar que las descripciones y definiciones respecto al amor sean mas o menos acertadas, aunque en la mayoría de ocasiones superfluas, generalistas o incompletas. Cada caso es un mundo y cada circunstncia un desierto que atravesar. Hacía falta un punto de unión, de inflexión tal vez, que los congregará a todos para así dar por comprendido cual es su significado más amplio, estremo y profundo. Ese punto de unión pudiera ser esta película de Michael Haneke. Aun a riesgo de parecer presuntuoso hasta me atrevería a decir que, después de tener conciencia de todas las definiciones, como dije antes, que hacen alusión al amor, este largometraje nos muestra hasta qué limites llega éste, de lo que es capaz y, sobre todo lo que significa en toda su amplitud la palabra 'amor'.


No hay una sola escena desdeñable, no hay ninguna concesión a la banalidad, ni siquiera una concesión a la música extradiegética... No hay nada que no resulte conmovedor, intenso y desgarrador. Esta historia, que a simple vista narra el hálito de vida final de dos ancianos, es también un recorrido, aunque breve, por el agradecido tránsito de la vida que tiene como punto de partida la enfermedad de Anne (Emmanuelle Riva), quien sufre infarto cerebral y debe verse obligada a vivir con un costado paralizado y Georges (Jean-Louis Trintignant) a cuidarla. Los distintos escenarios por los que discurren y el empeoramiento de su enfermedad extraen de ambas extraordinarias interpretaciones las esencias del significado de esta película y de esa palabra tan manida a veces y tan mal interpretada en la mayoría de las ocasiones.

El catalizador de esta historia, su hija, profesora de música como sus padres, aparece en las justas escenas para dar aire fresco a lo que en un principio es un hogar amplio y luminoso pero que acaba siendo un hogar opresivo, asfixiante, oscuro y triste según va desarrollándose la historia. Es una película progresiva, como ya he dicho, intensa, cuyo metraje se desarrolla casi en su totalidad en ese apartamento y cuyo final directamente implosiona en el cerebro hasta remover todos los cimientos de las emociones. 

Si usted decide contemplar el largometraje sin inhibiciones y complejos y, tras la conclusión del mismo, siente indiferencia, hastío, jactancia o incluso le resulte banal, el espectador puede darse por desvalido y empobrecido, pues nunca conoció el amor ni intención siquiera de querer saber de su existencia. Sin duda alguna, 'Amour', habla del amor, pero también de su destino físico (que no del emocional): la muerte. Y no me equivocaré mucho al decir que es la mejor cinta de Haneke de toda su filmografía, y eso también son palabras mayores...







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Ángel caido









Nacer del vientre más puro,
de la luz más brillante,
sueño de la sombra de un sueño
entre tinieblas malheridas soñadas.
Una despedida escondida en el corazón
esparce un ancho camino
hacia la luz roja e infinita
de las llamas de fuego vivo
que acarician las entrañas
del agua envenenada:
no hay salidas de emergencia.

Emboscado siempre en la sombra,
mirando de reojo a la esperanza,
se disfraza de mentira
para alimentarse de la vida:
su atuendo tiniebla de un sueño
y la luz de sus ojos la que más brilla.








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Las mascotas del siglo XXI

Cuando era pequeño todos los niños del barrio, imagino que como cualquier niño de cualquier barrio, soñábamos y suspirábamos por disponer, disfrutar, cuidar y abrazar la compañía de una mascota, un animalito simpático y cariñoso que compartiese nuestro tiempo y espacio. Convivíamos dos bandos claramente diferenciados: los que preferían los perros y los que anhelábamos los gatos. Era una cuestión de principios que se rompía tan sólo con animales en cierto modo impopulares y no por ello menos importantes, aunque sí en las preferencias: canarios, tortugas, cobayas, hámsteres… Pero, al fin y al cabo, absolutamente todos opinábamos y soñábamos con perros o gatos, entre otras razones de menos enjundia porque eran relativamente accesibles. Los más afortunados podían adquirir alguno, los menos tendríamos que esperar un “desafortunado” apareamiento que nos ofreciera la oportunidad de codiciar un ejemplar.

Era una cuestión de principios que subyacía supeditada a las posibilidades reales a mediados de los ochenta y el entorno económico de cada familia. Un animalito suponía una boca más que alimentar, a pesar de que se atiborrara de las sobras, y el horno no estaba precisamente para bollos sobrantes. Poseer una mascota era casi un estatus social (del mismo modo que lo es ahora disponer de un smartphone). Y así andábamos, "como el perro y el gato", discutiendo cuál de ellos era el mejor animal de compañía, debatiendo las ventajas e inconvenientes que ofrecían. Llegábamos a maquinar incluso el modo de obtener una, por callejera que fuese; importaba un rábano el pedigrí, su raza. Lo importante era obtener un reflejo de nosotros mismos, una insignia para nuestro hogar, una señal que nos identificara,… una mejora de nuestro estatus.

Con el paso del tiempo estos inicios carecieron de relevancia y fue lo habitual poseer una mascota en casa: mal que bien cuidada y en gran medida acababan callejeando más de lo que debieran, las mascotas pasaban a ocupar un segundo plano, tal vez debido a la responsabilidad que supone cuidar del animalito, tener que cambiar la arena o sacarle a que hiciese sus necesidades, alimentarle, el veterinario (los que podían permitírselo...). La diversidad y la accesibilidad dio pie a la multitud, así que lo que en un principio carecía de importancia, léase el origen de la criatura, pasó a ser prioridad, esto es, ya no era aceptable poseer un animalito sin pedigrí; eso quedaba para los menos afortunados o los económicamente menos estables o desfavorecidos (tal como sucede hoy con la tecnología). Entonces llegó el boom de las “marcas”: que si yo tengo doberman, que si yo un gato de angora, y yo un yorkshire, y yo un persa, y yo un cocker spaniel… y así hasta el infinito. Lo curioso fue que continuó siendo un símbolo de estatus social, aunque éste fuese sólo en apariencia. Y al poco tiempo, el ansia de alcanzar dicho estatus dio paso a que surgiese la ambición por reflejar nuestra propia personalidad en la mascota y apostillar así nuestro yo.

No obstante, se inició un triste y lamentable espectáculo que copaba las primeras portadas de los periódicos del país, del mismo modo que calificaba el caracter malicioso y cruel del ser humano en general. Aquellos fantásticos “monstruos de plumaje multicolor” se veían abandonados en la calle sin motivo aparente: ¿Porque era demasiado grande para ocupar un espacio en casa? ¿Porque el pobre animal necesitaba de unos cuidados especiales debido a cualquier enfermedad congénita y con el gasto que supone para la economía familiar? Son razones factibles, pero lo que describe a pies juntillas la clase de calaña del ser humano era otra mucho más habitual y reconocible... Los regímenes económicos andaban serenos y nadando sobre la piscina del bienestar y la posibilidad de salir de vacaciones en familia quedaba reducida a los miembros de la misma: el animalito no entraba en los planes endogámicos de satisfacción y esparcimiento estival… así que puerta. Destino: próxima gasolinera.

Con el paso del tiempo surgió el exotismo descerebrado e irracional de los humanoides replicantes, no solo de este país, también del resto del plantea, por contagio febril (entiendo más bien que resultó ser un acto reflejo del modelo exportado del estereotipo que predican sociedades más pudientes y/o estúpidas). El poder adquisitivo permitió, no ya tener un perro, un gato, un canario, un loro, una tortuga o un hámster, sino a la posesión ávara de cualquier criatura exótica, extraña o inverosímil que tratase de reflejar con aspectos más metódicos la personalidad del amo y señor de la criatura, que resultase ser el azogue de nuestra preferencia vital en esta vida tan superflua: con idéntico final que en tiempos pasados aquellas mascotas. Sin embargo, las inocentes y exóticas criaturas generaba (¡genera!) cambios en el ecosistema natural de cada región, modificando el comportamiento y poniendo en serio riesgo especies autóctonas que convivían en paz. En pocos años los hechos insólitos de abandono de mascotas en nuestra variopinta flora y fauna que comenzaron a acoger animalillos que solían vivir en los trópicos, en los ríos aparecen peces que sólo nadan en los moribundos meandros de los grandes ríos cálidos del planeta,… la voz de alarma se cierne, no ya tan sólo con la constante aparición de vagabundos caninos y felinos, sino de saurios, reptiles, aves, anfibios y demás criaturas salvajes que retornan a la naturaleza, mas no a sus comunidades medioambientales. Actos de auténtico vandalismo que carecía de castigo penal y disfrutaba de total impunidad... hasta pasada la primera década del siglo XXI, siendo tan laxa como inútil.

A pesar de continuar siendo tema candente, la ambición por la compañía de una mascota sigue acaparando tintes mediáticos y copando límites insospechados, en la gran mayoría de los casos infringiendo la ley y haciendo peligrar continuamente, e increscendo sin que apaentemente suceda apenas nada para los grandes medios o consorcios de comunicaión, los ecosistemas de todo el mundo. En cambio, desde hace apenas unos pocos años, ha surgido la explosión demográfica de una nueva especie mucho más destructiva y demoledora que cualquier otra especie fuera de su habitat y que mucho me temo se asemeja a la nuestra más que cualquier otra. Ésta es quien mejor define nuestros gustos, nuestras apatías y alegrías, nuestras tristezas y menesteres. Poco a poco ha ido inmiscuyéndose en los hogares de todo el mundo, hasta el punto de que hasta en lugares remotos e insospechados, allá donde resultaría impensable su presencia, encontramos esta especie. Hoy en día es extraño ya no ver un ordenador personal en casa, una tablet, un portátil y no digamos ya un smartphone en el bolsillo. Sí, en efecto, un microprocesador en cualquiera de sus facetas, sea cual fuere la misión de éste, pues carece de importancia si se trata tecnológicamente de un móvil 3G o 4G, un ordenador portátil, un PDA, un navegador GPS… Lo importante es que un "bicho" de estos abrace nuestra vida y, he aquí lo importante, hacemos de él una extensión de nosotros mismos, copia fiel e inherente de lo que somos en realidad, donde registramos y compartimos nuestra privacidad a ojos extraños, donde depositamos nuestra confianza y los datos privados más comprometidos. Por extensión, sea cual fuere el tipo de "bicho" que cada replicante posee (entre los que me incluyo) cada uno de éstos tiene un rasgo diferencial que los hace ser únicos, una extensión de nosotros mismos, como digo. Los hay que son tranquilos y serenos, característica del que no le importa esperar por lento que procese los datos; ruidosos, respecto al que hace uso de él y posee un equipo de 300w RMS o más que usa absolutamente para toda funcionalidad desde música hasta para chatear; desquiciado e indolente, aquel que es manejado por todos sin apenas paladear la diferencia, dícese también del PC de cibercafé o locutorio; organizado, todo anda guardado en carpetas y subcarpetas por orden escrupuloso, nada queda al azar, todo está sujeto a un riguroso archivado; preciso e indolente, exclusividad de organismos oficiales o públicos; efectivos, aquel que está configurado para ser utilizado a golpe de ratón y hace prescindible el teclado; versátil, el que es utilizado metódicamente para todo lo que se antoja y responde con propiedad al efecto, tal vez los smartphone sean los que mejores identifican a éstos; capaces, con potencia suficiente para solventar cualquier inconveniente sin esfuerzo alguno, por problemático que sea el asunto; y así podríamos estar hasta el infinito: imaginativos, analíticos, artísticos, creativos, sofisticados, intelectuales, originales, estables, prácticos, eficientes… Infinitas características que identifican a una sola especie.

En cambio, como era de esperar, surge un nuevo abandono que se antoja inevitable debido a su caducidad programada, tal como un replicante, no antes de las vacaciones, sino después, al regreso de las mismas: cada año, nuevos modelos, nuevas capacidades, nuevos aires, nuevas tecnologías. Veremos cómo en Septiembre-Octubre se llenarán los televisores, folletos comerciales, flyers, de propaganda para que acudamos, en las fechas fatídicas de navidad, a los "pet-shops" de los centros comerciales o grandes superficies o grandes consorcios de avaros consumidores al acecho de la mejor mascota o de la que mejor se adapta a las necesidades, como acto reflejo de su estatus social, puesto que sus anteriores compañeros se quedaron obsoletos o bien perecieron por la falta de substancia alimentaria. Esos desechados ocuparán un lugar en el ecosistema que no les corresponden. Y volveremos a caer en la trampa. Y volveremos a clamar como corderos al degüello “hasta cuándo sucederán estas prácticas de abandono a las ansiadas mascotas”.

En efecto, es un acto que se repite cíclicamente y el tornado no parará, del mismo modo que no paran otros tornados de semejante calibre aunque de distinto matiz, hasta que sus ojos no tengan nada más que engullir y lamentablemente no podamos estar aquí para remediarlo y mucho menos para verlo…

Toda esta sarta de sandeces viene a colación por un hecho que me doblegó hace ya unos años. Los ojos de una criatura. Una de entre millares de descarriados abandonados que me miró un día y movió el rabo al amparo de una de mis caricias. Abandonada la perrita a su suerte, su apariencia era de mascota bien avenida, de buenos cuidados, de uñas impolutas, de pelo brillante, cariñosa a más no poder, dócil, gentil y… desamparada al fin y al cabo. Una perrita semejante a las cientos de criaturas descarriadas que aparecen por las plataformas de protección animal de Facebook. Sí, volverán las vacaciones y los abandonos, acabarán las vacaciones y las vidas de sus abandonados; también las de aquellos que murieron en casa de inanición eléctrica. Yo también volví a recordar mi infancia y mis ambiciones de niño por tener un minino y a rehusar ese sueño una vez más, porque tristeza me producían por entonces los animalillos, y no los bien avenidos, sino aquellos que son despreciados por un destino turístico, por momentos de placer, por instantes de esparcimiento que al fin y al cabo son efímeros.

Mi rabia para todos aquellos que apartan a un lado la vida animal para disfrutar momentos de cuestionable placer, para todos aquellos que anteponen el dinero ahorrado de unas vacaciones a los cuidados en un lugar apropiado para sus reflejos a cambio de unos días menos de festividad, para todos aquellos que obvian su responsabilidad con el ecosistema y voluntariamente lo contaminan de un modo u otro. Cuando estemos en el ojo del huracán, será ya demasiado tarde… tanto como para aquella perrita: secuestrada por la perrera municipal, esperó con paciencia el día de su ejecución; al igual que nosotros, no lo olviden. Solo nosotros podemos rescatar mascotas como aquella perrita, solo nosotros podremos rescatarnos a nosotros mismos de las garras de las mascotas del siglo XXI.







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Déjame salir


Toda la crítica parece que se deshace en elogios por esta ópera prima del cómico afroamericano Jordan Peele, que, entre otras lindezas, califica el film como 'una obra de categoría mayor, en la que rezuma talento', 'lo realmente brillante es la perfección de su artefacto narrativo', 'ingeniosa, socialmente polémica, fresca como "thriller" o fantasía', 'extraordinaria ópera prima...' Y no le falta razón a la crítica. Aunque se me antoja en exceso tanto elogio, lo cierto es que a mi parecer, que probablemente sea equívoco, se trata de una puesta de largo por primera vez como director bastante certero aunque inverosímil.

Probablemente, el principio haya recordado a algunos espectadores aquella de 'Adivina quién viene esta noche' (1967). Nada que ver con su argumento, una joven que lleva a presentar a su novio médico, afroamericano, con quien se quiere casar. El padre, encarnado por Spencer Tracy, quien con más inquietud se muestra porque cree que esa relación puede acarrearles más problemas que satisfacciones. 'Déjame salir', en cambio, se queda a mitad de camino por falta de credibilidad en su desarrollo final. Peele cuenta la historia de Chris (Daniel Kaluuya) un joven afroameriano que va a pasar un fin de semana con la familia acomodada de su novia blanca Rose (Allison Williams). Missy (Catherine Keener) y Dean (Bradley Whitford) desean conocerle personalmente y ese comportamiento tan complaciente de los progenitores de Rose parece ser que es por la incómoda relación interracial, aunque en especial su padre muestre abiertamente que no es así. En cuanto a Missy, psiquiatra con la habilidad de utilizar la hipnosis en las terapias con sus pacientes, parece tal vez la más reticente. Poco a poco Chris va descubriendo ciertos hechos cada vez más inquietantes hasta que se topa con la realidad que nunca hubiera podido sospechar.

El ritmo narrativo del guionista y director, resulta más que impecable hasta que se produce un hecho significativo, que sale a relucir en una extraña fiesta donde todos los que acuden a ella son blancos, a excepción de uno de los acompañantes. Un acto involuntario que tiene que ver directamente con él cambia radicalmente las cosas, también en el guión. Y es que se producen varios hechos que difieren totalmente de esa primera parte impecable y que hace acrecentar el interés a medida que transcurre la intriga sobre lo que pasará a continuación.

Cierto es que lo más fácil para hablar de racismo es la 'America first' del ínclito Trump, pero Peele toma como referencia esos liberales que defienden la igualdad y lo políticamente correcto para poner en el punto de mira que aun existen heridas sangrantes al respecto y que todos los eufemismos necesitan una revisión urgente que tenga como premisa la sinceridad. Acierto del novel realizador que atina en esa metáfora. Porque, aun hoy, la integración racial es un talón de Aquiles que no sólo proviene de la derecha más conservadora, eso es lo obvio, también sucumben a ella las clases más acomodadas y demócratas de entre los sustratos sociales, y es ahí donde echa sal en las heridas el director sin que apenas el espectador se aperciba de ello.

Aunque se ha lanzado a decir de la película que es de género de terror o terrorífico drama familiar, intriga, thriller,... incluso comedia terrorífica, creo que esta disparidad o mezcolanza de criterios se debe a que Peele mezcla una serie de géneros con el sazonador de la comedia (que sabe manejar bien por deformación profesional), y lo hace con suficiente habilidad como para jugar al despiste. No obstante, nos encontramos ante una película de suspense que podría tener su inspiración en el mismísimo Hitchkock (salvando las distancias) por el entorno apartado que utiliza, la casa como escondite de secretos inconfesables y aterradores, personajes que inquietan con sus simples gestos y miradas, por lo que dicen, por como actúan. Si tenemos en cuenta como terror esto precisamente, es decir, lo que está ocurriendo o lo que se prevé va a ocurrir en la casa, Jordan Peele consigue ponernos la piel de gallina.

Destacar que la película reúne un elenco interpretativo notable con especial atención a la secundaria y siempre efetiva Catherine Keener (La intérprete (2005), Capitán Phillips (2013) y la pareja interracial Daniel Kaluuya y Alison Williams, que, a pesar de destilar más bien escasa química (se me escapa si es buscado a conciencia o simplemente es la ausencia de la misma) nos muestran una dotes bastante notables para adaptarse a las situaciones límite de la cinta.

Existen factores de forma que sugieren cierta inverosimilitud, ciertos hechos que pasan desapercibidos pero que no quedan suficientemente claros como para hacerse a la idea de la complejidad y a la vez sencillez de la trama. Probablemente sean éstas circunstancias y el exceso de exhibición de otros tantos aspectos los que producen algunas incongruencias y preguntas no resueltas, ni tan siquiera sugeridas. Algunas de estas son las que ofrecen prever qué es lo que ocurrirá a continuación, llegados a un punto de la película. Sorprenderá, entretendrá, el espectador se refrescará con un buen vaso de Coca-cola viendo en la pantalla esta propuesta, pero es muy posible que sienta que le ha faltado prolongación a un final previsible, poco verosímil y demasiado fácil para una trama tan compleja e interesante.

26.05.17   -   Por fin es viernes   COPE Málaga 93.4 FM






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Alien: Covenant


Cuando H.R. Giger plasmó con sus aerógrafos la 'criatura' creo que no soñó jamás la dimensión que podría llegar a tener su 'Alien'. Después de que Ridley Scott rodara 'Alien, el octavo pasajero' (1979), dudo mucho que fuese consciente del mundo que estaba a punto de parir en la pantalla. Lo que ya conocemos como saga, ha dado para secuelas, precuelas e incluso 'spin off' (Alien vs Predator -2004, 2007-, bastante irregulares y artificiosas). Eso plantea un problema. Si bien su primer título, Alien, el octavo pasajero, puede verse como un título independiente y es de donde salen todas las demás secuelas, las consiguientes secuelas y precuelas dependen tanto de esta como de las consiguientes para ser entendidas a plenitud.

Directamente, antes de sentarse uno a ver 'Alien: Covenant', hay que prestar más atención a su antecesora, Prometeus, que habló de una civilización y unos "arquitectos" de los que se trató poco y en esta continuación se habla menos, sólo se sugiere. En el lenguaje cinematográfico, no hay nada más elocuente y fotográfico que la sugerencia. Aquí en esta película hay un instante de sugerencia y es precisamente cuando se hace un pequeño guiño a esa civilización adoradora de esos "arquitectos" y en el resto es todo un fuego de artificio, efectista, entretenido y donde se desarrolla una historia que no cuenta nada nuevo, salvo la excepción del guiño que a buen seguro desentrañará sobre esa saga de "arquitectos" en una última entrega que enlace cuasi directamente con 'el octavo pasajero'.

La película comienza con un ritmo que recuerda mucho a Prometeus (2012). Una tripulación, una misión hacia un planeta, unos inconvenientes que hacen cambiar de planes, el nudo y el desenlace. Previsible, son muchos títulos ya. Salvo que esta vez cuenta con Michael Fassbender en el papel de un androide que juega a ser Dios y decide sobre el exterminio de las civilizaciones que no le resultan modelos de perfección. Quiere emular, perfeccionar y superar a su creador. En su lucha por llevar a cabo sus planes, se desarrolla el grueso de lo interesante que hay en esta película. Quizá, oficialmente, esta sería la crónica más relevante. Y quizá esto sea así porque pesan demasiado en la carrera del realizador obras maestras como Blade Runner (1982) o Thelma & Louise (1991), por poner sólo un par de ejemplos, o la propia 'Alien, el octavo pasajero'. Es difícil que se den las condiciones idóneas para hacer obras maestras por doquier, de los errores es de donde se aprenden las mejores lecciones, y de eso precisamente puede dar fe la larga trayectoria de luces y sombras de Ridley.

Viendo esta película como una producción ajena a las demás de la saga, habría que decir en su favor la apuesta renovada, hábil, efectista y entretenida del realizador británico. La historia parece que carece de matices en un principio y, de hecho, sacrifica lo racional por una apuesta más lúdica. También se vale de esa realización más febril de los primeros tiempos y mantiene un tono de tensión que está a la altura de los demás títulos alienígenas. Aunque carece de reflexión, excepto en esos instantes en los que, como sugerí al principio, apunta a esa estirpe de poderosos creadores llamados "arquitectos" y el modo cómo afronta el androide que posee ese don del libre albedrío para desear mejorar a su creador y construir a la criatura perfecta, hace  apunte de libre interpretación respecto al conjunto de toda la saga. En su conjunto el espectador no va a ver nada nuevo, pero poco de nuevo puede mostrarse en una precuela donde los títulos que preceden ya han contado lo sustancial. Ni que decir tiene que el 80% del peso de esta película recae sobre los hombros de Michael Fassbender: impecable. Se come los planos cada vez que entra en escena, bien sea como el androide Walter, bien como el androide David. Un portento que eclipsa a todo el elenco en cada plano que aparece.

Resumiendo, aunque en ocasiones el trayecto de la película atraviese fases de película de serie "B" de ciencia ficción, lo cierto es que el efectismo del presupuesto con la que se viste solventa la papeleta gracias al buen hacer de la realización del director y el portento de Michael Fassbender sobre el que se sostiene la película. Y aunque no hay nada novedoso que  descubrir, a título personal, esta secuela y Prometeus, caerán en un ostracismo dimensional si en una siguiente entrega se omiten los flecos que vienen arrastrando y que necesita ya una eclosión para que nos inocule ese huésped en nuestro organismo y podamos saber con exactitud cuál es el origen de todo. Catastrófico si se evita la producción. Hasta entonces, disfrute de este título que está precisamente pensado para lo que realmente es: retomar el pulso de sus 'ancestros' y mediar en el más que probable final.

19.05.17   -   Por fin es viernes   COPE Málaga 93.4 FM






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Sobre este blog

Este espacio es un lugar donde se desnudan las pequeñas y grandes historias que a veces pasan desapercibidas, quizá necesitan denuncia, o las que la vida cotidiana deja desamparadas y casi en el olvido. También habla de poesía y literatura, de cine, de la vida... Sin ninguna pretensión, con honestidad y sinceridad. Y respecto a las otras almas..., todos tenemos otras muchas que están en la nuestra.

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