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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

La hija del jardín

Cuando uno camina descalzo por el césped siente un cosquilleo especial en la planta de los pies y percibe una ligera sensación deliciosa y cautivadora que recorre los sentidos sin apenas percatarse de ello. Los pies desnudos sobre la suavidad de la hierba fresca reciben el cosquilleo universal de la madre tierra y uno se siente unido a esa maternidad que nos sostiene, nos alimenta, nos acoge y nos abraza. Esta poética de la vida recreada puede resumirse en una frase de esas lapidarias del maestro Borges, cuando confesaba que lo escrito "debe ser juzgado por el placer que da y por las emociones que produce". Emociones, placer. Uno ha de caminar descalzo sobre la prosa de una obra literaria para sentir y comprender qué lleva por las venas el escritor, qué le emociona y por qué siente placer. En la mayoría de las ocasiones no sucede así ni de lejos, pero hay otras concretas que casi puede palparse, transitar por la cercanía de la fluctuación literaria que corre por las venas, la sangre intelectual de la que se alimenta.

Los detractores de Borges le acusaban de escribir literatura fantástica, aunque lo cierto es que la realidad es bien distinta, puesto que el maestro argentino te obliga a mirar hacia una realidad transfigurada, haciéndote creer que es la realidad. Que tras ésta se esconde algo inédito que nos transporta a contemplar el mundo de manera distinta, regalándonos la capacidad de ver las cosas de un modo intrínseco y desde un empirismo que aún ni siquiera hemos experimentado. Cuando uno se sumerge en las primeras páginas de "La hija del Jardín", tiene la impresión de revivir las sensaciones que el propio escritor ha de haber experimentado al aspergiar cual rocío crepuscular la prosa poética de esta novela. Deja incrustado entre líneas la relación del mundo real que conocemos con esa otra realidad, te invita a contemplar el mundo como algo inédito que se esparce a lo largo y ancho de una alfombra natural de palabras, como si se tratase del césped de un jardin idílico y mimado, transmitiéndote un cosquilleo especial que sólo la poderosa poética de con la que trama esta novela Alejandro Mansilla logra fundamentar la realidad imitada de la realidad. Es poesía para el corazón, metafísica para el alma, una realidad transfigurada que te hace creer de manera distinta en la realidad que nos abraza.

Fundamentalmente, el escritor construye de aquello que conoce y experimenta con un conocimiento empírico de lo que circunda entorno al alimento y objeto de la historia narrativa, esto es, que un ser de luz y amor absoluto, con sus inquietudes y sus credos, es capaz de encaminarse hacia la eternidad como un "bien accesible a todos los seres humanos", como dice Giani Vattimo en la contraportada. No se hallan pretensiones de ninguna naturaleza ajena a lo que logra indicarnos el transcriptor de las historias que narra, halladas en unos manuscritos, la principal encarnadora de esta enciclopedia universal de la eternidad. En éstos deja constancia de los avatares de su vida tras sufrir un espantoso accidente que las llamas de un devorador fuego no logró destruir, pero sí deformar su aspecto, de ahí su posterior encierro para evitar ser vista por su esposo.

La fidelidad sobre los hechos que desarrolla el autor, abigarrada al color del carácter excepcional de esta historia, cambiará de algún modo la vida del lector. Te empujará a tomar una píldora de esperanza en la creencia de que uno puede escapar de los caprichos de la carne y abandonarse a la alquimia de la transformación del ser humano en pura conciencia universal. El lector se verá abocado a observar la vida de un modo distinto y a creer en que las segundas oportunidades son posibles en el caso de que así lo crea y trabaje para hacerlas realidad. Uno casi siente el desarrollo de la poética metamorfosis de la hija del jardín como un un cosquilleo especial en la planta de los pies, y acaba percibiendo una ligera y placentera sensación que recorre los sentidos sin que apenas se percate uno de ello. Y aun así, Alejandro Mansilla es realista y no deja de lado el opaco mundo construido por la mano del hombre, consciente de que la realidad transmutada solo puede ser construida desde la realidad próxima e imperfecta del ser humano. Lo escrito "debe ser juzgado por el placer que da y por las emociones que produce"... El maestro Borges ha de estar más que satisfecho por "La hija del Jardín".

"La hija del jardín", finalista del Premio Fernando Lara de narrativa, 2013.

LA HIJA DEL JARDÍN - ED. ANTIGUA




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® Texto protegido por la propiedad intelectual. 
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Este espacio es un lugar donde se desnudan las pequeñas y grandes historias que a veces pasan desapercibidas, quizá necesitan denuncia, o las que la vida cotidiana deja desamparadas y casi en el olvido. También habla de poesía y literatura, de cine, de la vida... Sin ninguna pretensión, con honestidad y sinceridad. Y respecto a las otras almas..., todos tenemos otras muchas que están en la nuestra.

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