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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

Desahucio exprés

Al entrar en el autobús, se creyó dueño del tiempo. Se sentó, como siempre, con el deseo de regresar a casa cuanto antes. Durante el trayecto, se aventuró a navegar por mares de redes sociales con la cápsula atemporal de su teléfono. Transcurrieron apenas unos segundos en su cabeza que en realidad fueron veinte minutos. Al mirar por el cristal se percató de que llegaba su parada.

A la vuelta, navegaba sin descanso desperdiciando su tiempo mientras caminaba, crédulo de su omnisciencia. Cosa que le costó cara, porque los minutos perdidos pertenecen a quien los encuentra. Escapó el último bús con los minutos malgastados acomodados en los asientos, afortunado benefactor de ese tiempo perdido. El propietario fue desahuciado...







© Daniel Moscugat, 2017.
® Texto protegido por la propiedad intelectual. 
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La Bella y la Bestia


Poco podría agregar ya que no se sepa sobre lo que propone esta pelíula. Esta es una historia que ya conocemos de sobras y que viene cargada y remozada de efectos visuales propios de los tiempos tecnológicos que vivimos. Desde la primera 'Bella y Bestia' (1913) made in EEUU hasta esta última que nos trae aquí ha llovido de mejor y peor manera. Lo cierto es que es absolutamente fiel a la versión animada de 1991 dirigida por Gary Trousdale y Kirk Wise, con todas sus canciones y sus actos. Quizá Disney pone definitivamente sus pies en la revisión de sus clásicos con personajes reales, ya iniciada la veda con El libro de la selva (2016) con esta y otras pelis que seguirán su curso y, dado el éxito que ya cosecha esta, probablemente copie los resultados sobre seguro. Por lo tanto, poca cosa verá el espectador de nuevo que no sea lo que ya conoce, con un toque de espectacularidad tecnológica como ya comenté en las primeras palabras de esta parrafada.

Entonces, ¿qué hay de nuevo, viejo (en esta nueva versión)? Estilismo artístico cuidado; dramatismo en su justa medida (ni demasiado empalagoso, ni maniqueísmo previsible o de andar por casa); que aparezca Emma Watson un extraño y no menos sorprendente acierto, aprovechamiento de la tecnología para crear ambientes emotivos sin que sean invasivos (recuerda en numerosas ocasiones a Tim Burton),... la película mejora todo lo ya conocido. Quizá bastante orientada para seguidores del género y conocedores de la historia. Quizá está de más las sugerentes inclinaciones sexuales de algunos de los personajes, cosa que inventa Bill Condon  y que es un invento fallido.

La verdad es que la película se presta poco a relatar novedad más allá de la que ya se ha comentado. Un sobresaliente Emma Watson que conserva lo virginal y lo estético de la bella original y la dinamizada en la animación de Disney. El humor incisivo de las humanizadas vajillas y menaje variado, y sobre todo la brutalidad de la musculatura gótica de la que se rodea la cinta a veces hace olvidar una historia que se sabe de sobra conocida. Quizá parece pretencioso Luke Evans en el papel de Gastón, tanto como de genial tiene Kevin Kline. Ni qué decir tiene que el personaje abiertamente gay como LeFou, interpretado por Josh Gad, parece intencionado o dirigido hacia congraciarse con el público.

Evidentemente, esta película no podría hacerse desde le perspectiva de la verosimilitud, que es lo que se sacrifica para imprimirle un estilo más cartoon, porque de otro modo la historia quedaría diluida como quedaron otras en tiempos pretéritos. El acierto de Bill Condon es acercar los personajes reales a la diversión y la fantasía del cine de animación, tal cual como ese famoso número musical del festín dedicado a Bella.


Al final todo el mundo salía del cine con una sonrisa en los labios, satisfechos, porque esta Bella y Bestia es un canto al espectáculo, un musical en toda regla, un cine para disfrutar en familia y comer palomitas sin mesura. Y lo mejor es, sin duda, insisto, Emma Watson, interpretando a esa adelantada a su tiempo en una aldea más propia de más allá de los Urales de los 80 que de la francia aldeana decimonónica. Poco más se puede destacar de una historia de lo más conocida, que acierta en su afán por acercar la historia al entretenimiento y a la que hay que acercarse como lo que es, una película para entretener, un musical para disfrutar cantando y un drama para aprender que la belleza, al final, también está en lo que se ve...


25.03.17   -   Por fin es viernes   COPE Málaga 93.4 FM





© Daniel Moscugat, 2017.
® Texto protegido por la propiedad intelectual. 
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Antropología del duelo artístico

Existe un empeño casi febril entre sus señorías, ministros y ex presidentes todos ellos tiempo ha, de retratarse para la posteridad en una obra pictórica y ser colgado junto a sus antecesores. Que la posteridad no les depare soga o patíbulo, sino un lugar en la memoria del congreso para beneplácito y admiración de los futuros adalides de la democracia. Si la cosa estribase, como suele ser común entre los mortales, en no retribuir a los autores de tan magnificas obras, sino que esos trabajos les sirvan como promoción, tal vez la dignidad del servidor público, por una parte, y la contribución de la inmortalidad, tanto del nombre del artista como de su señoría, por la otra, resultarían más que dignas y respetables para el contribuyente que se hace cargo de las cuitas, y de ese modo hacer entrega de un amor a la patria que honraría sus respectivas memorias.

En modo alguno quiero que se me entienda que quiero denigrar o menospreciar el trabajo del artista cotizado, pero si en realidad sus señorías quieren hacer algo en pos de los artistas españoles que necesiten de un pequeño impulso en sus carreras, creo que ese sería un buen trampolín. Y este pequeño aspecto lo traigo ahora aquí porque me cansa tener que soportar (lo he sufrido en mis carnes innumerables veces) las infames proposiciones por parte de los profetas en los negocios. La maldita expresión “…eso te servirá para promocionarte” produce arcadas y posteriores vómitos del tamaño manguera de riego a presión, estilo Monty Python en 'El sentido de la vida'.

Y resulta que cuando oigo a los listillos de turno emitir aquella frase ignominiosa me viene a la memoria las indecencias que hemos de tener que pagar todos de nuestros bolsillos, esos magníficos retratos de sus señorías que lo mismo cuestan 22.000 euros que 220.000, a la imaginería del ministro y según antojo de la pose y ambientación; ahí tienen a todo un ex director de la guardia civil -ni siquiera ex ministro- retratándose con medallas de mérito militar sin serlo, o ese magnífico ex ministro de defensa y ex presidente del congreso defendiendo a capa y espada el sentido suntuoso, solemne y sepulcral del asunto. Bien, parece que me he trabado en las disertaciones, pero verán al final como todo tiene sentido.

Quisiera comprender lo que suele ser incomprensible, es decir, qué regla no escrita se ha de seguir y cómo se regula esa regla no escrita para que un ex ministro o ex presidente decida retratarse, cómo elegir al artista, qué baremos se suelen barajar, qué clase de tasación se realiza para calibrar el costo real, por qué no existe un concurso público de méritos… Y dejaré de parafrasear cuestiones que nunca van a ser respondidas con claridad. La respuesta es siempre la misma: la elección es a dedo y el pago es a capricho del autor y según su caché (¿?). Usted pague y punto, que lo bonito y solemne que quedan los retratos en las paredes del congreso serán de rechupete. Además, serán cotejadas por las futuras señorías, historiadores que les visitarán para narrar a posteriori esas aventuras y desventuras por el estado de derecho, y lo que disfrutarán los más pequeños de la casa cuando vayan con sus papás a verlos en los días de puertas abiertas, cuando sus señorías hayan pasado a mejor vida. Pues sí, es esta la intención última… para cuando hayan pasado a mejor vida dejarán su impronta en el templo de la democracia. Una democracia que por detrimento de sus propias señorías cada día que transcurre viene siendo denostada y vilipendiada, voluntaria o involuntariamente. Porque este es un país cainita y envidioso, y si uno roba, todos quieren; del mismo modo que si uno es o se comporta como un idiota, todos los demás quieren la misma porción de tarta. Culo veo, culo deseo. A algunos se les nota más que a otros y por eso suelen pillarle con las manos en la mierda, les delata la ambición y esa avaricia que les envenena.

Y es que esa ambición de ser retratado para la posteridad va in crescendo a lo largo de los años, hasta el punto de copar titulares. Este o aquel ex ministro ha colgado su retrato en el congreso, a este le ha costado setenta y tantos mil euros, a aquel doscientos mil. Forma parte de lo que supondría el ritual del duelo en vida, el dejar constancias de la trascendencia del individuo a través del tiempo, de su cancillería y denuedo en servidumbre al estado. De algo de eso habla “La muerte derrotada: antropología de la muerte y el duelo”, del antropólogo, historiador de religiones y escritor Alfonso María Di Nola. Desgraciadamente descatalogado para el lector, es un ensayo bastante esclarecedor e interesante que disecciona tanto los distintos ritos según la cultura social en la que se enclava el hombre, así como los orígenes y sus rituales y supersticiones. Desde el principio de los tiempos, y en todas los estratos sociales, económicos y períodos del hombre, el ser humano cumple con una serie de rituales fúnebres como respuesta ante la pérdida, como duelo por la eterna ausencia, como recordatorio en la memoria colectiva. Un ritual entre lo religioso y lo supersticioso, porque tal vez la falta de respeto al extinto enfurezca a las diversas divinidades, quienes maldecirán las vidas de los que denostan lo sagrado de la vida al final de ella, justo en la despedida o en los prolegómenos hacia otro camino. Entre todos esos rituales, según la sociedad y costumbres populares del grupo, no sólo el ritual del duelo se practica una vez el individuo ha fallecido, sino también en las postrimerías del fatal desenlace, así como en sus efemérides como recuerdo de su estancia entre los vivos. Para ello incluso se erigen imágenes o símbolos que se han formado o construido en vida para su recuerdo, reconocimiento, homenaje o adoración. 

La verosimilitud y auténtico significado de esos retratos (impostados) de sus señorías vienen a determinar la emulación de todos esos históricos personajes, que mal que bien pasaron por el congreso o por reinar o gobernar este país. La conciencia les hace querer imitar la solemnidad de aquellos que admiran o fueron parte de la historia gloriosa u oscura. Contemplan esos retratos de reyes, gobernantes, clérigos y otros adalides y les habla la conciencia: “tú también eres parte de la historia de España”. Y allí que se zambullen en su ritual antropólogo de la muerte, a cumplir con el deseo de ser recordado por la mirada de posteriores generaciones y disfrutar en vida todo cuanto aquellos que vendrán a pararse frente a su retrato. Que se les recuerden una vez fenecidos en esos rituales de duelo que parecen ser las jornadas de puertas abiertas del congreso, donde niños y mayores se sientan donde se sentaron un tal o un cuál, y luego podrán verles en esos maravillosos y solemnes retratos, o viceversa.

Que no, que no estoy denigrando esa impostura, que hasta procede tener sentido ese ejercicio de egocentrismo patrio, pero no en la formas como ya comenté con anterioridad: la elección a dedo, la cotización a capricho. A falta de cámara fotográfica las diversas cortes estatales siempre han contado con artistas de contrastada calidad en sus pinceles y ojo fotográfico para servicio del reino. Obras de un valor artístico incuestionable en su mayoría. Sin embargo, después de Velázquez el sentido del realismo retratado llegó con el daguerrotipo. El realismo pictórico dejó ya de tener sentido a día de hoy, porque después de aquel genio incomparable ya no hay nada más realista que la propia fotografía. Pero a día de hoy, con la película en color, y nadando en esta revolución digital que nos desborda de superchería silícica, y que tan fácil resulta darle un clic a un botón e imprimir un formato de alta resolución para terminar de enmarcar el producto, me parece una falta de respeto y un despilfarro económico, que pagamos todos, seguir incurriendo en el decimonónico sinsentido ritual de duelo del retrato en lienzo para colgar de la "pinacoteca de retratos políticos más importante de España" (habría que decir la única probablemente). Apostar por una bonita fotografía de estudio, imprimir y enmarcar y listo, es la solución definitiva que mediaría en la lógica creativa con los tiempos que corren. Porque si al menos esos retratos tuviesen un miserable valor artístico, este amago de antropología del duelo artístico quedaría en agua de borrajas.







© Daniel Moscugat, 2017.
® Texto protegido por la propiedad intelectual. 
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Náufragos del paraíso

Esta es la pequeña historia de un poema que comencé a pergeñar en 1998 y acabó de formarse en 2012. Una pequeña historia que comienza con la tragedia de la primera patera que no terminó de cruzar el estrecho de Gibraltar y que se cobró la vida de 13 ciudadanos marroquíes (a posteriori fueron algunos más, la memoria a veces juega alguna mala pasada que otra y mi recuerdo estribaba en que eran más vidas humanas las esparcidas por las aguas del estrecho y playas gaditanas, aunque sí fueron rescatadas 17 personas que se salvaron que aquel desastroso naufragio). Allí quedaron varados los sueños y las esperanzas de un futuro mejor y allí quedó el amor de los seres queridos que dejaban atrás, desmoronado, deconstruido, desparramado por el mar, sin vida. En aquel momento comprendí que algún tipo de compromiso había que contraer con la sociedad que estábamos pariendo todos esos países que nadábamos en la abundancia y que sobre todo Europa tanto debía a ese continente que seguirá pidiendo aquello que le pertenece. Se me quedó grabada la imagen de un cadáver enclavado en la arena de la playa, parecía desmembrado aunque sus piernas y brazos descansaban sepultadas bajo la arena.

Me sentí obligado a percutir con unos versos, quitarme un poquito de ese dolor garabateándolo en el papel. Y ahí quedó, en un folio en blanco tintado de alguna otra cosa por el reverso. Di mil vueltas a aquella primera idea, taché y reescribí nuevos versos. Construí y deconstruí con total fidelidad hacia aquéllos pobres seres humanos que solo querían un mundo mejor para ellos y sus familias y encontraron la muerte. Tras un largo periodo (entre aquellos meses de finales del 98 y 2006, cuando volví a retomar el pulso a esta cosa de escribir) retomé este poema que afortunadamente (quien sabe si no desafortunadamente) rescaté del olvido y volví a reescribir varias veces. Al final lo di por concluido en 2012 y tal vez podría volver a corregir, aunque persigo el instinto de mi fuerza de voluntad obedeciendo sus pequeños consejos cuando me dictamina que he de abandonar tal y como está cuando encuentro dificultad en la corrección. Y así, tal y como las emociones dictaminaron, quedaron plasmados en estos versos libres. Espero y deseo la indulgencia del lector y emplazo a que realice todas las cuestiones considere necesarias de aclarar.


NÁUFRAGOS DEL PARAÍSO


Se retuerce el dolor de la despedida,
sobre la piel se esparce como gangrena,
alimentada con los despojos
de un corazón deconstruido;
aliento de vida que huye
de una inocencia ahogada en el mar.

Nadar, hacia el confín,
hacia la eternidad,
hacia lo que nunca fue
ni será.
La gangrena engulle
abrazos y piernas,
se esparce por la piel de la esperanza.

Busco y no encuentro.
Perdidos los pedazos del corazón
por el mar que nos separa,
esos pedazos que descansan
en la profundidad del paraíso,
de ese paraíso de puertas de acero
y estrellas de fuego.


© Daniel Moscugat, 2012.
© La paradoja del salmón (inédito).
® Texto protegido por la propiedad intelectual. 




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La sangre del tiempo perdido

Regresaba de ese lugar que hoy parece encontrarse en serio peligro. El sol caía de pleno, con el derrame de quien comparte aquello que rebosa del cuenco de las manos. En verano, vacaciones. Casi llegábamos a Julio y con él toda la saña estival en forma de terral. La biblioteca era para mí algo así como un templo y refugio adonde me dirigía habitualmente para rendir pleitesía a todos esos ancestros que eran (y siguen siéndo) algo más que dioses. En aquel espacio diáfano tenía a mi alcance, y gratis, clásicos de la literatura universal y todo el basto conocimiento sobre la vida y sus maravillas. Aquel día me entretuve leyendo alguno de esos innumerables relatos de Allan Poe con los que tanto disfruté (y sigo disfrutando). Evidentemente se me fue el santo al cielo y me dejó en el desamparo más absoluto. El tiempo en ocasiones se escurre de los dedos como el agua que fluye en un riachuelo. Y Aquel día debí haberme marchado bastante antes porque esperaba mi madre en casa para que fuera a comprar los billetes de autobús y ahora llamamos bonobús. Estaba los suficientmenete lejos como para que cualquier otro en casa pudiese ir; era, digamos, mi responsabilidad. Si no se adquirían en horario de oficina y en los aparcamientos destinados a las cafeteras que hacían las veces de transporte urbano, no había manera de poder conseguirlos en ningún otro lugar ni tiempo.

Iba ensimismado por el camino imaginando aquel goticismo de lobreguez plasmado por esa mente atormentada de Allan, ebrio de palabras y de sueños que sólo despertaba y despejaba con su botella de bourbon a la luz del candil. El camino siempre se hace eterno cuando los minutos corren río abajo, inundados de desaliento y esperanzado en que una sola rama pueda retenerlos hasta conseguir recuperarlos. Pero aquel no fue el día y aunque lo hubiese sido el tiempo que se lleva la corriente al final va a parar a la mar. Llegué tarde y la hora de cierre de las oficinas se acomodó en la misma desembocadura del río. Vi salir justo cuando llegaba a aquella señorita Rottenmeier de corta estatura, talle generoso y sonrisa afilada, bajita y llena de volutas, a quien supliqué me facilitara un talonario y que amablemente se negó. La tormentosa admonición que recibí al regresar a casa fue de órdago. Palabras de desdichas e insinuaciones hacia lo grotesco, desvelando que no podía haber cosa más importante en el mundo que comprar esos billetes de autobús ni cosa más insignificante que mi presencia en aquella casa.

Llegó la tarde y tocaba ir a los entrenamientos (carrerita y estiramientos, además del partidillo habitual) sobre el albero de Segalerva (por aquellos años de mediados de los 80 era todo un símbolo para los que aspirábamos a jugar algún día en el C.D. Málaga). Era otro templo, para mí de esparcimiento, pero un templo al fin y al cabo. Para otros era una religión verdadera, pero para mí sólo un simple medio posible para conseguir otros objetivos, que tampoco pudieron cumplirse cuando al final me reventé las narices contra ese frontispicio bucólico y mordaz que es la realidad.

De regreso, ya casi en la alborada declinatoria del Sol en busca de su descanso, me percaté de que debía comprar sin falta esos billetes de autobús para mi padre. Significaría mi crucifixión si fallaba. Por el camino de regreso me encontré con un compañero de fatigas, en labores futbolísticas, que estaba siendo acosado por ciertos numantinos que se reían de su aspecto. Comenzaron a empujarle y a atacarle. A riesgo de sufrir las mismas consecuencias me metí por medio. Sabía que el tiempo volvía a correr río abajo, con destino a la mar, el mismo destino que sospechaba iba a tener como consecuencia de perder un sólo minuto más. Un tiempo que de un modo u otro nunca es perdido. Entre zarandeos y empujones, conseguimos zafarnos de las garras de aquellos miserables que sólo pretendían divertirse un rato a cuentas de un pequeño incauto e indefenso. Dándome las gracias casi de pasada, salió corriendo y desapareció cual alma huye del demonio. En cuanto a mi, yo debía correr aún más si cabía la posibilidad de hacerlo puesto que la hora límite de las oficinas que dispensaban los billetes de autobús estaba por vencer.

Corrí como si pudiese tomar un atajo a la corriente del río, pretendiendo pescar los minutos que volví a perder en otra alegoría más que la vida me imponía en el camino y en el mismo día. Sin percatarme de nada, en el transcurso de esa carrera, al parecer pisé el agujero de un avispero y casi llegando a casa me picaron varias avispas: en un brazo, en la pierna izquierda, en el muslo derecho, en el cogote. Subí con rapidez a casa. Me esperaban para que fuese a la carrera por los billetes, estaba en el límite del cierre y comencé a vomitar y a sentirme mal. Me subió la fiebre y sentí los primeros síntomas de lo que más adelante supe que era un shock anafiláctico (esto lo experimenté con cierta inquina años después por la picadura de un tabarro que me dejo la cara hinchada, más parecía un alienígena de expediente X que cualquier otra forma de vida humana). Al final no fui a por los billetes de bus (obvio) y me cayó la del pulpo. La visceralidad de un padre que no comprendía nada más allá que aquello que transcurría entre el autobús y su puesto de trabajo, me dejó marcadas las espaldas y me reventó la nariz con la hebilla de su cinturón. Los entremeses los obviaré para no soliviantar a las masas pero al final acabó la cosa en prohibición de pisar la biblioteca y mucho menos seguir entrenando, sin descontar el brote de sangre que no se cortaba ni a la de tres (afortunadamente no tuve que lamentar una rotura nasal, pero me reventé las narices contra ese frontispicio bucólico y mordaz que es la realidad) y las espaldas marcadas como los latigazos de un Cristo cualquiera. 

La vida no es lo difícil que pudiera presentarse o las anacronías que en ella habitan. El ingenio brota de la dificultad y nadie me prohibió pisar el bibliobús, un autobús habilitado como biblioteca ambulante que paseaba un extracto de los sueños imposibles que dormitan en el sagrado templo de las letras a la espera de ser despertados en las conciencias de los que abren sus corazones. Nunca podré agradecer lo suficiente lo que supuso este invento para mi vida. Me hice socio y allí habilité mis incipientes correrías literarias sacando libros a escondidas y leyendo a la luz de una linterna en mi habitación cuando todos dormían. Lamentablemente nunca más pude volver a entrenar. Pero como solía decir mi madre, teta y sopa no caben en la boca. Más tarde volví al fútbol, pero era eso mismo, tarde, y formó parte de uno de mis hobbys y no de la proyección de una profesión. 

Pocos años más tarde de aquel infausto día, caminaba ensimismado en mi soledad y meditando sobre esa doble vida que debía acabar ya cuando unos individuos que ocupaban los asientos de un destartalado Renault 5 copa turbo hicieron detener el vehículo y bajaron del mismo como creyendo haber encontrado en mi persona al bastardo que había abusado de la inocencia de un jovenzuelo que también iba en aquel coche. Coincidía con la descripción que al parecer había facilitado. Me increpaban como si hubiera sido yo el culpable de algo que parecía haber hecho alguien se me parecía, y esperaba ya una paliza gratuita entre cuatro veinteañeros. Me preparaba para lo peor cuando vi salir de la puerta trasera al pequeño mindundi que años atrás salvé de unos envalentonados mocetones que solo querían algo más que unas risas, tal vez un par de bofetones y algunas refriegas por el suelo. Les convenció de que no era yo el que buscaban para apalizarle, Milagrosamente salí indemne de aquella tunda de palos que me esperaba. A veces el río se bifurca y la corriente hace coincidir en el trayecto para bien o para mal con otras corrientes que creíste perdidas para siempre...

Fue un gran aprendizaje para años posteriores. Algunas de las cosas que aprendí fue a llevar con discreción mi intimidad, creatividad y vida privada para preservarla de todo mal. Aunque este es otro capítulo que algún día verá la luz… uno ha vivido pequeñas muertes que te hacen recapacitar, reflexionar y tomar rumbos de nuevas esperanzas y perspectivas. Esas pequeñas muertes que hacen despertar la conciencia y ponen a dormitar ese matiz de inocencia que ya nunca más volverá. A veces no van a buen puerto, a veces cambian los vientos y te ves obligado a virar hacia otros destinos para no perder comba en la trayectoria real. Pero nunca ha de perderse la perspectiva, aunque se ha de tener claro que a lo largo de la vida siempre se ha de sacrificar algo para poder llegar a cualquier meta. Nunca cabe todo en el mismo coche. Cuando uno viaja en un Renault 5 copa turbo y ve que el tiempo nunca se bifurca en diferentes vías sobre el mismo plano, al final ha de elegir un camino y ese es en el que ha de viajar, aunque tome otras salidas para incorporarse a otras vías, incluso aunque incurra en el error. Sólo cabe ocupar un camino. En otro momento tal vez exista una salida, otra corriente, otra carretera que te lleve a parar al camino que debiste seguir. La sangre del tiempo perdido es la sustancia de la que uno aprende a sobrevivir con el dolor y, sobre todo, a aprender de él. Y el tiempo que se escapa de las manos y se lo lleva el riachuelo, por mucho que uno se apresure a recuperarlo, por mucho que acelere, al final una apasionada lectura, los aguijones de unas avispas o la solidaridad hacia el prójimo te hacen tropezar con la vida, y caes en la cuenta de que todo momento es el momento.








© Daniel Moscugat, 2017.
® Texto protegido por la propiedad intelectual. 
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Cálamo sobre papiro (Capítulo II)

Si hay una pena muy honda en el fondo de mi corazón, es la de no haber podido cursar (hasta la fecha) filología hispánica y francesa porque a algunos la vida nos lo pone un poco más difícil que al resto (cuando hay tiempo no hay dinero y viceversa, y aunque aún no es tarde, cada año que transcurre se antoja más difícil que el anterior). Así que por mi riesgo y cuenta, a fuerza de mucho leer y más biblioteca, he saldado la curiosidad con lectura, relectura, estudios y alguna que otra tesis sobre la lengua hispánica y francesa. Autodidacta con dolor, lo definiría. Así que intentar explicar a las hordas de profetas de la poesía que el verso libre no es tan libre como parece en un principio y que necesita de estructuras para poder ser, al menos, entendida, es entregarme al vilipendio. Aun así, me ilusiona mostrar mi absoluta falta de conocimiento al respecto y continuar viviendo en la felicidad que produce la ignorancia. Es el único escenario en el que uno puede seguir intentando poner una palabra tras otra con cierta dignidad y no ser agitado por las turbulentas aguas del conocimiento exacto de los millones de ángulos que cada predicador profesa en cada esquina.

Como digo, y voy al grano, que no desearía eternizar esto porque los hay más y mejores doctos en la literatura que este mequetrefe que les escribe, el verso libre mantiene un ritmo y una constante, que si bien aparentemente no se sujeta al mal llamado encorsetamiento de estrofas y versos métricos, lo cierto es que mantiene una estructura de elocuencia y ritmo interno. Traigo aquí un ejemplo minúsculo para visualizarlo de una manera sencilla e intentar ejemplificar el porqué estructuré uno de los poemas incluidos en “Jazmines para una Biznaga” del modo en que quedó plasmado y que dejo al final de este post.

Emilio Alarcos Llorach calificó el poemario “Hijos de la Ira”, firmado por Dámaso Alonso, como “un libro poético intenso y penetrante”. El propio Dámaso era consciente del espíritu revolucionario de su texto. El preciosismo de sus versos estribaban en una una elegancia exquisita, un léxico diría que brillante, metáforas llenas de destellos luminosos… De ese libro extraigo las primeras estrofas del poema ‘La madre’. Y digo primeras estrofas porque es un poema intenso y extenso y por facilitar la comprensión en la medida de lo posible; tampoco se trata de hacer un doctorado al respecto, pero como mi tropelía va a ser ciclópea me voy a conformar con dar unas pinceladas de ignorancia para evitar que las carcajadas sean demasiado ruidosas. No obstante, no es el único modelo que voy a traer, ni será el último que traiga por aquí para mostrarlo. Ya dedicaré más entradas en este blog que hablen de versos libres. Leemos:

*LA MADRE

No me digas
que estás llena de arrugas, que estás llena de sueño,
que se te han caído los dientes,
que ya no puedes con tus pobres remos hinchados,
                   deformados por el veneno del reuma.

No importa, madre, no importa.
Tú eres siempre joven,
eres una niña,
tienes once años.
Oh, sí, tú eres para mí eso: una candorosa niña.(…)

Así a vuela pluma vemos ya una serie de signos evidentes que acompañan las estrofas de un modo explícito. Las repeticiones en los versos: “que estás llena de… , que estás llena de … , que … , que … ,”. Estos versos, además, van cargados de ideas expresivas cuyos mensajes recuerdan al anterior: arrugas (cansancio en la vejez, o la presencia visible de ésta y sus achaques), sueño (consecuencia de la primera idea expresada), se te han caído los dientes (consecuencia de la primera idea), etc... En la siguiente estrofa, aunque parece no utilizar del mismo modo las repeticiones, quedan expresadas implícitamente si leemos la estructura de igual modo que en la estrofa anterior:  “No importa”, y continúa: “Tu eres siempre joven, (=) () eres una niña, (=) () tienes once años.(=) …() eres para mí eso: una candorosa niña”. Deja constancia pues, en ambas estrofas, la idea de lo que era para él su madre, una candorosa niña: caracterizando de esa manera tan elocuente a las personas que ya están ‘llenas de arrugas’.

Podríamos indagar mucho más tan sólo en estas dos estrofas, pero creo que es suficientemente visual como para entender la estructura que nos enseña Dámaso Alonso en el inicio de este magnífico poema de su más que revolucionario “Hijos de la ira”. En pocas palabras, la revolución del verso libre también estaba sujeta a una estructura singular y objetivamente construida con sentido, por lo que nada quedaba al azar ni todo estaba justificado porque sí. Es decir, que la llamada a escribir un verso tras otro libremente conlleva una responsabilidad, que consiste en conocer también técnica (esta y otras más que veremos más adelante) y estilo antes que la estética. La poesía es un complemento de ambos conceptos, técnica y estética. Pero todavía quedaría incompleta si no existe una reflexión tras lo que se escribe. ‘Poesía es reflexión’, como ya he comentado algunas veces que diría el maestro Machado.

Es por ello que para poner en evidencia mi torpe adiestramiento me atreví en su momento a imitar la técnica del maestro. Y recordando sus versos, inspirándome un poco en ese olor, en ese magnífico y revolucionario “Hijos de la Ira”, escribí este poema que incluí en Jazmines para una Biznaga. Les dejo la reflexión sobre la ambigua dualidad del recuerdo y la memoria, en la que dependiendo del estado en el que se recuerden las cosas así significará para nosotros: luminosa como una eterna primavera o turbia como el insomnio de una tempestuosa soledad. En ese intervalo pueden pasar largas temporadas o breves minutos. Sería muy pobre caer sólo en el aspecto estético de esos versos por lo que hay encerrado más allá. En definitiva, este modesto poema intenta aspirar al existencialismo. Espero sean indulgentes conmigo…



                   TEMPESTUOSA SOLEDAD

Amanece...
siempre sucede cuando amanece,
cuando abres los ojos,
cuando la luna ocultó ya su ensoñación;
es entones cuando la luz del sol ilumina la alcoba
y me miras y tu corazón ilumina mi sangre,
y sonríes y la callada música de tus labios
ilumina el vigoroso canto de una eterna primavera.

(La suave brisa
de tus párpados...)

Y desperezas...
siempre sucede cuando desperezas,
cuando te retuerces entre las sábanas,
cuando tu piel se estira y recuerda tu mocedad,
cuando tus senos se agitan y reafirman su turgencia,
es entonces cuando una tempestad efímera azota las paredes;
porque tus ojos se cierran,
porque tus labios se entreabren,
porque tu pecho toma aliento para inmolarme
con el ciclón de tu garganta,
ciclón débil y aterciopelado.
(La tempestad... después la calma:
mansa como tus bostezos.)

Abres los ojos y me miras,
y parpadeas y me acaricia la brisa,
y me miras y me iluminas,
y sonríes y me cantas...
pero callas:
me ensordece tu silencio,
me incomoda tu ausencia,
me irrita tu distancia.

Y amanece...
siempre sucede cuando amanece,
cuando abro los ojos,
cuando la luna ocultó ya su ensoñación;
es entonces cuando me perturba la distancia,
y miro tu ausencia y te imagino,
y entonces comprendo que mi alcoba
es ahora una tempestad infinita.

Tu ausencia presente.
Tu presencia ausente.
Y mi soledad ya no duerme.



© Daniel Moscugat, 2016
© Jazmines para una Biznaga, 2016
® Texto protegido por la propiedad intelectual. 


* Hijos de la ira, Castalia, Madrid 1986. 
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Deuda de sangre

El pasado lunes 6 de marzo resulta que el consejero de estado para la UE, otrora asesor del presidente del Gobierno Español para la Unión Europea, un tal Jorge Toledo, se refiere a los que huyen como consecuencia de las guerras y las pésimas gestiones de los estados fallidos de donde proceden como “los que se tiran al mar”, haciendo un ejercicio de fusión entre deporte y cultura. Y aquí paz y en el cielo gloria. Se quedó tan pancho, oiga. Fue absolutamente coherente, y no plausible, la reacción de los representantes políticos, así como la lluvia de críticas y peticiones de dimisión por parte de todas las ONG habidas y por haber. Sin embargo, como ya dije por aquí no hace mucho, las declaraciones de los ínclitos que nos gobiernan o pretenden gobernarnos suelen ser gratuitas, en todos los sentidos. Aquí parece tener además de coste cero, premios y bonificaciones. Pero la vida paga antes o después. Y en esta ocasión nosotros los ciudadanos europeos tenemos una deuda de sangre para con estos seres humanos. Además, no puedo decir que fuesen reacciones políticas plausibles porque todo ha quedado ya en un limbo difícil de avistar. Hay un hecho claro en todo este embrollo y todavía ni lo he sugerido. Para mondarse de la risa, ¿no?

Los migrantes del otro lado del Mediterráneo, ese mar que la vieja Europa usa como frontera profunda y abisal, deciden arriesgar sus vidas (que es lo único que tienen y por ende lo más valioso) huyendo de los conflictos, exterminios, asesinatos..., huyendo de sus guerras que son un mucho nuestras, de sus golpes de estado que también son un mucho nuestros, de sus hambrunas que son derivadas de nuestra avaricia y del exacerbado consumismo casi compulsivo, de sus exterminios étnicos que fueron provocados por la idiosincrasia de unos pocos de los nuestros trazando a lápiz fronteras y reparto territorial a capricho de tal o cual terrateniente…y un largo etcétera de circunstancias que hacen a esos hijos de la tierra, que también es nuestra, migrar a otro continente para intentar ponerse a buen recaudo, aún arriesgando la vida. Es manifiesto el hecho de que no “se tiran al mar a hacer deporte, ni para competir”, como bien respondió Eduardo Madina al consejero de estado para la Unión Europea, quien dejó entrever a las claras, aún pidiendo perdón a destiempo, cuál es la postura de este gobierno y de toda la caterva de irresponsables que pasean sus mejores galas por el parlamento europeo, como si la cosa no fuera con ellos, y delineando con muros, concertinas y burocracia (no sé cuál es peor), fronteras de sangre.

Si hago un poco de historia, los países punteros de la actual Unión Europea, antaño nadaban en la abundancia de la revolución industrial, ardían en deseos de expandir su política económica y explotar nuevos territorios. Y así pusieron el ojo en África. La ambición del capitalismo, el crecimiento económico por definición de estado. Bélgica, Francia, Inglaterra, Alemania, Portugal y (por poco, pero también) España. La ocupación y reparto del territorio africano es un capítulo histórico que habría que echarle una ojeada con atención para darnos cuenta de porqué aquellos que cruzan 'el mar de todos' vienen a reclamar en cierto modo todo cuanto Europa se apropió del continente negro. Todo cuanto los abuelos de los abuelos perdieron, todo cuanto les sustrajeron. Es la historia la que habla en los rostros de esos náufragos. Vienen a reclamar la vida que les negamos, privamos, robamos, vilipendiamos o sesgamos. Da igual que vengan de cualquiera de los 25 países donde existen conflictos candentes y que dejan asolados poblados, etnias, familias, vida,… O del resto de decenas de conflictos por Oriente Medio. Tal vez no nos informan como es debido, pero están ahí. Tal vez la pretensión de no informarnos como es debido sea precisamente la de procurar que miremos hacia otro lado y que pongamos nuestro punto de mira al 'invasor' como un enemigo. Esas personas que arriesgan sus vidas por cruzar la frontera del Mediterráneo huyen de guerras civiles y hambrunas (Somalia, Chad, Nigeria, Sudán del Sur, Libia), de secuestros y genocidios propiciados por las condiciones de desestabilización (Boko Haram, Darfur), todos ellos y otros muchos más recientes, como el foco volcánico sirio, con ciudades enteras arrasadas y reducidas a ruinas y exterminios por doquier. Creo que sobran las palabras si hablamos ya del Sahara, cosa que te da de lleno al gobierno de este país que sea del color que sea siempre ha mirado para otro lado... 

Desde Europa se fomenta el derecho a construir muros en las fronteras (físicos, legales e intelectuales) y un infierno en el mar por miedo, un certero miedo justificado. Un abismo de más de 5.000 muertes en 2016. Los tecnócratas del neoliberalismo europeo en pleno auge, coronado de alambradas en sus fronteras, se apresuran a vociferar despectivamente que igualdad significa la búsqueda de conseguir lo mismo para todos, la aberración de ser iguales y que compartamos toda riqueza, aludiendo así a ese concepto pasado de rosca del comunismo norcoreano, rancio y retrógrado. En realidad, igualdad no es la búsqueda de posesiones y vida común, es el concepto de acceder a la posibilidad de aspirar a tener las mismas oportunidades. Y ese ideario exportado desde el corazón de la Unión Europea hacia los países miembros y gracias a secretarios de estado como el que tenemos en España, se transforma en realidad impostada y aplaudida por millones de borregos. Uno se da cuenta de repente de todo. La buena voluntad de la Unión Europea es tan falsa como la compostura de su palabrería.

El gran problema que ha de afrontar la vieja Europa no son los los refugiados. Lo cierto es que seguirán llegando, porque reclaman ni más ni menos que lo que les pertenece, lo que la vieja Europa les quitó. El único modo que puede solventar este problema es y será reponer todo cuanto se hizo mal en el continente africano. Reparar el daño de tantos regímenes nefastos. No podía salir gratis devorar la semilla de la vida, y donde brotó la riqueza del florecimiento de la revolución industrial de la Europa que quiere cercar sus dominios a todos esos nietos de los nietos que llegan ahora en cáscaras de nueces. Nada de lo que devastaron en las colonias alemanas, francesas, belgas, portuguesas, inglesas y, por qué no decirlo, españolas podía pasar de largo, pasará de largo. El reclamo de la parte del pastel en forma de futuro, bienestar, o simplemente comida caliente y techo donde dormir seguirá goteando en el mar a través de esas mafias que aprendieron bien la lección de la vieja Europa sobre cómo tratar a sus congéneres y de dónde sacar provecho de ellos. El gran problema real de Europa es la pérdida de identidad, la pérdida de memoria, que significan en este caso la misma cosa. Es el miedo a no saber responder ‘quién soy’ lo que provoca que ciertas alimañas con vocación de medrar a base de dentelladas en la conciencia de la falsa unión de Europa salgan a la palestra con complejos de inferioridad y síntomas claros de Alzheimer, con la intención meridiana de devorar la poca dignidad que les quedan.

Aquí en España se ha aprendido bien esa lección, apenas los “los pico mil, no sé, los dos o cinco pico mil”, como recuerda bien poco y mal (ni conoce las cifras para poder rebatir otros puntos de vista en un debate; lamentable es un epíteto escueto y corto) ese ínclito del gobierno para la Unión Europea. Se apela a la desmemoria, al olvido. A aprovechar los tumultos de otros conflictos para desviar la atención. Aquí se forma tumulto y se fomenta la discordia donde no la hay para que personajes como este o como otras muchas pasen desapercibidas. Para que los más de cinco mil ahogados en 2016 queden en el olvido. Para que los gestos y las acciones queden silenciadas. Para aprovechar el estatus de poder legislativo y decretar a dedo con el objetivo claro de cerrar aún más las fronteras y penalizar a quienes pretendan hacerlo por su cuenta y riesgo. Nada queda impune y tarde o temprano los herederos de aquellos que perdieron su estatus e identidad como pueblo terminarán por conquistar un bienestar que les pertenece por derecho. Es una deuda de sangre que antes o después tendremos que pagar y del único modo de recuperar la dignidad humana, la memoria, es enmendando esos abusos del pasado, restañando el daño causado y producir allí para que nadie tenga necesidad de migrar a vida o muerte. 






© Daniel Moscugat, 2017.
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El guardián invisible


El director, Fernando González Molina, parece ya un consumado especialista en adaptar textos literarios al cine: Tres metros sobre el cielo y Tengo ganas de ti, de Federico Moccia, Palmeras en la Nieve, de Luz Gabás y ahora con El Guardián Invisible, de Dolores Redondo. Esto, que pareciera ya parte del currículum de un cineasta consumado es lo que trasciende hasta el momento del realizador. Cuatro películas y cuatro adaptaciones con mayor o menor tino y que sin duda es esta última la que claramente destaca entre ellas.

La cinta se desarrolla en un ambiente opresivo, siempre lloviendo, sustancia gris en el cielo y en el alma de esta película que nace como thriller y acaba en drama. Toda la historia nace con el hallazgo del cuerpo semidesnudo de una adolescente en extrañas circunstancias y con signos más que probables de estar relacionado con otro asesinato de similares características. Todo se desarrolla en tierras Navarras, en un entorno de la rivera del río Baztán. Para averiguar todo lo concerniente al caso le endosan la papeleta a Amaia Salazar, puesto que nadie mejor que ella conoce el pueblo de Elizondo, donde creció y de donde ha querido huir toda la vida. Allí se encontrará no solo con todas las complicaciones del caso, sino también con un regreso al pasado, aderezado con un ambiente lleno de supersticiones y brujería con lo que tendrá que lidiar para poder placar a un asesino que siempre parece ir un paso por delante.

A pesar de las poco más de dos horas que dura la cinta, cierto es que no se hace larga. La película mantiene un ritmo que no decae en ningún momento y las localizaciones parecen haber estado esperando al director de fotografía para poder rodar la película. En todo momento uno se siente como si estuviera presenciando uno de esos títulos nórdicos que tanto gustan a la crítica cinéfila o cualquiera de esos títulos estadounidenses que campa a sus anchas en el ideario cotidiano del espectador medio, como puede ser "El silencio de los corderos".

La película gira de forma tempestuosa como el clima y ambiente opresivo de esta producción, con elementos que se van agregando y van tiñendo el thriller policíaco en drama sustantivo. No hay tiempo para el aburrimiento, cosa de agradecer ya que con ello cumple la premisa fundamental de toda película que se precie, esto es, que no decaiga el interés, que sea una historia lúdica y lúcida, que avance en modo y manera continua. El ingrediente sustancial para que todo ello se congregue con éxito es la acertadísima elección para ese papel de Marta Ethura, en el que creo, a mi modesto entender, es el mejor papel que ha interpretado hasta la fecha.

Cabría decir que el director, a tenor de cómo se presentan los acontecimientos, parece beber de las fuentes de David Fincher, sabiendo captar los ambientes sórdidos donde, de manera común, viven y conviven seres dispares y al mismo tiempo similares. Crear ambientes opresivos donde las atmósferas inquietantes parecen cobrar vida a medida que crece la historia. Y si esto mismo le añadimos los ingredientes de Manolo Solo (Tarde para la Ira, 2016), Ramón Barea (La Reina de España, 2016), o Elvira Mínguez (Che, el argentino, 2008), la película parece un pastel al que uno no puede resistirse a probar.


Con todos estos ingredientes, la ficción española, el thriller sórdido made in spain, el drama más psicológico, el cine español en general, está de enhorabuena. Porque es una pena que no se produzcan más títulos que caminen por esta senda, por la misma que Tarde para la Ira o Que Dios nos perdone o El hombre de las mil caras: crímenes, ambientes opresivos y decadentes, entorno siniestros, policías corruptos... La vida real en toda su crudeza, aquello que nos informan de pasada y contienen historias terribles de trasfondo que podrían hacernos cambiar el modo de ver las cosas. Necesitamos más y mejores Clarice Starling para poder acercarnos a la realidad y enfrentarnos con nuestros pasados para afrontar con mayor seguridad el presente, también el del cine español.


11.03.17   -   Por fin es viernes   COPE Málaga 93.4 FM





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El libro de las aguas

Cuando uno se enfrenta ante el reto de leer un poemario ha de ser consciente de que tras cada poema, tras cada verso, hay una reflexión. De otro modo no podría ni puedo entender la poesía. Como diría el maestro Machado, en la poesía ha de haber reflexión. Tal vez la reflexión más profunda que un ser humano debiera afrontar antes o después es entorno al agua: la materia que hace imprescindible la vida y que sin su flujo, influjo y reflujo sería impensable e imposible la vida en este planeta. El agua es, por tanto, el elemento primordial para el desarrollo de la vida. No en vano las civilizaciones que han dominado sus épocas en la historia de la humanidad han desarrollado su crecimiento, desarrollo y expansión cerca del agua: Mesopotamia, Nilo, Mare Nostrum, Sena, Danubio, Yangtsé,… Guadalquivir. Este último acogió la civilización más longeva de cuantas han habitado hasta la fecha nuestra península ibérica y que aún se insiste erróneamente (esta es una opinión personal, y por lo tanto subjetiva) en una reconquista, cuando, en realidad, nunca hubo ni existió eso que llamamos España hasta la invasión y posterior conquista católica de los aliados políticos y desposados Isabel y Fernando.

Toda esta introducción me sirve para recrear el complejo universo de José Sarria en el libro de las aguas y hacia adonde apunta. A título personal resulta cansino leer poesía sin un fundamento de reflexión, hay mucha y variopinta. Sin embargo, es toda una fiesta para los ojos y para la sangre encontrarse con un puñado de versos llenos de tanta carga reflexiva, que respete la tradición literaria que tantas ensoñaciones trae a la memoria y derrochando belleza estética por doquier. Todo en uno. Poesía completa. Este es un poemario que huele a memoria, a aceptación, a nostalgia, a hermanamiento, a humanismo, al renacer de la conciencia. Cada poema es una reflexión donde hay que detenerse y donde sacar conclusiones que aún se matizan y derivan a posteriori hacia otras profundidades abisales en una relectura de cada verso. Un canto a la vida, a la universalidad del ser humano, al humanismo... a la memoria.

Es vasto el listado de maestros de la poesía clásica y contemporánea que han dedicado sus reflexiones entorno al agua. Se me ocurren, así al bote pronto que me concede la desdicha de mi cada vez más maltrecha memoria, el inacabado Poema del Agua, de Manuel Altolaguirre; el extraño y no menos profundo Agua y Cauce, de Miguel Otero Silva; O incluso esa selección de Visor sobre el ácido y crudo Charles Bukowski, Arder en el Agua, Ahogarse en el Fuego; aunque a pesar de todo me quedo con lo último que se me viene a la cabeza: el poema La Balada del agua del mar, de Federico García Lorca... Pero no voy a hacer aquí un recuento de todo cuanto de escrito hay implícita y explícitamente sobre el agua. 

Hay un argumentario que divide el poemario en 4 "libros": Raíz del agua (Evocación de la memoria), Identidad (los mapas de la memoria), El tiempo sumergido (Los siglos de la memoria), Y el Sur. Cuatro paredes donde construye la habitación de la memoria. Con ello recuerda quienes somos y cuales son nuestros orígenes. José Sarria hace referencia constante a la tradición poética y literaria, deslizándose en ocasiones hacia una lírica en prosa que hila fino entre las moléculas de la piel del agua, que al fin y al cabo son las moléculas de la piel del ser humano, de la piel de la vida, apuntando desde el principio hacia el propósito de llegar al paladar intelectual del lector, haciendo valer que sin tener presente la memoria heredada de las aguas, el camino del hombre será (y es) incierto. La cita de Eugenio de Andrade con la que abre el poemario es toda una declaración de intenciones y una gota de esencia que se derrama sobre una colección de poemas merecidamente premiado. Un libro que alcanza cotas de poeta con mayúsculas al que hay que prestar atención en cada verso, en cada dibujo, en cada emoción, en cada pensamiento, en cada ensoñación.

El aspecto fundamental por donde teje el autor todo ese conglomerado de cantos a la propia vida pasa por el respeto, pleitesía, admiración y curiosidad por el mundo Andalusí, echando vistazos hacia aquellos que fueron y son hermanos, quizá como raíz de lo que somos y quienes somos: “¿Quién me habló desde el agua / y alcanzó mis raíces / con esa arquitectura / ligera de sus cauces? / Es el agua, que como levadura / erige sus montañas de palabras.” El hilo conductor del agua como testigo mudo de todo cuanto acontece, de quien habla con el silencioso murmullo de su discurrir apacible sobre la historia de una civilización, sobre sus habitantes, a quienes amamanta desde el principio de los tiempos y de quienes soporta la sangre de sus derrotas,… La identidad perdida que recupera en casi un ensayo plasmado en un solo poema en prosa: “Al-Andalus, patria y raíz del agua” (no se lo pierdan, recréense).

La memoria como referencia de sus raíces, como agua para la sed del recuerdo. La infancia como un valor simbólico que perdura en el tiempo y: “Cuando cae la tarde, al final de los años, los recuerdos se inclinan como las ramas de los árboles de un bosque abandonado. El perfume del aire convoca las primeras inocencias y me hace regresar hasta un lugar en donde aguardan las horas más hermosas, a un patio en el que aprendí el lenguaje del agua y los jazmines”. Siempre el agua presente, siempre los símbolos y los aromas. La memoria como el tiempo que se detiene y vuelve incorrupta toda vivencia, todo el espíritu que se congrega entorno al elemento y la vida que gracias a ella continúa. “El recuerdo es el tiempo detenido / en un lugar preciso / donde, jóvenes, / por un instante fuimos / eternos, invencibles, inmortales: / alfaguara donde acudían / las gacelas de los primeros años / a beber de sus aguas, / aún puras del fuego y las heridas.” 

No quisiera, dejar escapar la oportunidad de mencionar su devoción por Marruecos. Inevitable e ineludible. El recuerdo y de nuevo la memoria del agua.  Muestra un apasionamiento y una querencia por sus gentes, su entorno, su horizonte, sus olores, su esencia. Leemos en el poema ‘Medina de Fez El-Bali’: “Las empinadas cuestas de la infancia / se inundan de la voz del almuecín / con la llamada al rezo, / del olor a ternura de mi abuela, / de la luz del estío / o de la paz que habita en la madraza”. 

No cabe duda que, en resumen, podría decirse que este es un poemario que hay que leer, releer y repasar con reposo. Aceptar la invitación de acudir a tantos maestros a los que hace referencia constante, explicita o subjetivamente, y acercarse a las disertaciones y reflexiones que manifiesta en torno a la esencia de la vida: la memoria, las raíces, la infancia, la juventud, los recuerdos, la melancolía, el amor, la humanidad. El libro de las aguas es un canto a la vida, a la memoria como raíz de la existencia, también a sus claroscuros (“La vida que sin razón / va causando tantos daños…”). Cada poema tiene un peso específico, nada queda al azar. Sin dejar de lado la estética de una belleza que recuerda la tradición más sólida de la poética, el poeta escribe sin hacer mucho ruido, tiñiendo sus aromas de melancolía, sin aspavientos, a lomos del silencio: “A galope tendido / cabalga, enarbolando / sus dagas la suave eternidad / de los misterios, / cortando la espesura / de las horas desiertas. / Es el jinete del silencio: / en su montura tengo reservado / un trozo de mi vida”. 

"El libro de las aguas", Primer premio del XXII certamen de poesía 'Rosalía de Castro' de la Casa de Galicia en Córdoba, 2015.


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Poderoso caballero

Corrían aquellos años ochenta en los que alguien con un billete de cien pesetas en el bolsillo era cuasi rico. Los autobuses ruidosos como destartaladas cafeteras, interminables partidas de dominó o de parchís en cada esquina de cada barrio, música electro-popera flotando en el aire contrastando con los últimos éxitos de Los Chichos o El Tijeritas, el cincel de los futbolines,... la magia del cine de verano. Hablamos del cretácico, poco más o menos. Pues uno de esos días insospechados en que la ociosidad se hacía cargo de ocupar un tiempo merecido en otro menester que no fuese vagabundear, la diosa fortuna me bendijo por ello y obligó a inclinar mi cabeza para que me fijara en el maravilloso marrón de cien pesetas que dormitaba en el suelo, veinte duros como quien dice y quien lo conoció. La primera vez en mi vida que encontré dinero en la calle, y más aún la primera vez que poseí una cantidad tan grande en manos tan pequeas... salí corriendo con una sensación entre emotiva y pavorosa.

Cada vez que oigo esa frase en ocasiones vuelve a traerme a la cabeza aquella sensación privilegiada de emoción única: “Joder, tío. Tú estás majara, colega”. Vaya estupidez, ¿no? Pudiera parecer que así es. Nunca me lo he negado, la verdad. Confieso que soy de esa rara avis que cree en la diversidad del ser humano como algo tan impredecible como imprescindible; cuanta mayor es la diversidad, mayores los fundamentos de tolerancia. Llegados hasta aquí paree que hemos mezclado muchas cosas en un batiburrillo que apenas se sostiene en pie, pero prosigo en mis disquisiciones para llegar a una conclusión, quizá desacertada pero no cejaré nunca en mi empeño de interconectar todo cuanto sucede, porque ningún cabo queda suelto en un navío y mucho menos si ese navío navega por el mar de la vida. Como decía, aquel timbre despectivo llama a la puerta del recuerdo con asiduidad y me trae el aroma añejo del pasado. Y es que verán. En una absurda conversación en torno a la figura de Terrence Mallick y su ‘Árbol de la vida’, la cosa redirecciona hacia la serie ‘Perdidos’: extraordinaria, una magnífica puesta en escena en sus primeras tres temporadas, pero un fiasco absoluto de despropósito existencial en las tres siguientes. Defendiendo esto entre quienes abogaban por que es una serie fuera de órbita, un orgiástico maremagnum de preceptos con axiomas de corte pseudoreligiosos, me encasillaban como un `walking dead’ cualquiera. Y si tuvieras que verte obligado a estar en una isla desierta, ¿qué te llevarías? Maldita pregunta, si se me admite alguna licencia... Tú mismo. Pues las obras completas de Sheakespeare, Cervantes y Allan Poe, la filmografía de todo el cine mudo y la discografía de los Beatles… y por supuesto un soporte donde reproducirlos con su consecuente alimentación eléctrica. Pues no pides tú nada, majete... Joder, tío. Tú estás majara, colega, me sentenciaron a bote pronto. Vamos a tomarnos un par de birras que yo invito, dijo el portador de la llave a los recuerdos. Nos metimos en ‘La Tranka’ donde ahogamos las controversias en un par de cervezas y unas risas.

A veces hasta me sorprendo a mí mismo por llegar involuntariamente a conclusiones tan impredecibles. La controversia, la disparidad de criterios, las diferencias de objetividad según cada cultura y el lugar en el que se desarrollan… nos empujan sin querer al debate, que suele acabar en conclusiones personales que antes ni se imaginaban; y ya se sabe: si puede imaginarse, puede hacerse. Le conté lo sucedido a mi amigo Tomás, con quien me topé justo después de encontrar los veinte duros, lo sucedido: Qué potra, tío. Invitarás a algo, ¿no? ¿Qué vas a hacer con los veinte pavos? Pues ir al cine y comprarme un libro (Los hijos del Capitán Grant, en el rastrillo de los domingos y de segunda mano; todavía lo conservo). Tú estás majara, tío, me responde. Venga, hombre, que hay para dos entradas y para el libro, le repliqué… Sentencia que acató de buen grado y sin rechistar

Siempre he pensado que el debate, por breve que sea, trae consigo conclusiones inimaginables. Para situaciones excepcionales, medidas excepcionales. Uno aprende desde pequeño que nada tiene mayor poder de convencimiento que el dinero o lo que puede conseguirse con él. Tomás me respondió: “Joder, tío. Eres un mostro, je, je, je…”. Pues sí, habiendo poderío económico de por medio, se acaban todas las disputas. Quizá por eso, después de dos cervezas ‘free’, ya no me parecieron tan desastrosas las últimas temporadas de ‘Perdidos’, tan solo pésimas. Uno se da cuenta entonces de lo poco que valen en ocasiones los criterios y hasta nuestras pequeñas verdades efímeras. Un par de cervezas bastan para suavizar o matizar opiniones... y si así lo hicieran en ocasiones los mandamases del mundo, las posiciones encontradas estarían menos encontradas. Sólo es cuestión de quien invita primero...







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Fences


El texto original de esta producción es una obra teatral cuyo título es el mismo que el de esta película. Su autor, August Wilson, ganó el Pulitzer en 1983. Dicho esto uno comprende el porqué embarga la sensación constante de estar en un gran teatro donde los actores van y vienen exhibiendo sus conversaciones aparentemente intrascendentes, pero que moldean la vida y miserias de cada uno de los personajes, sus sueños, sus desencantos, sus pasados, sus secretos, retratando la denuncia social entorno a las frustraciones raciales y lo que ello conlleva. Son los diálogos y el virtuosismo interpretativo de dos enormes monstruos los que llevan a profundizar en la conciencia el porqué del determinismo frustrado de Troy (Denzel Washington) y la abnegación en el apoyo cómplice de su esposa (Viola Davis). Los prejuicios raciales de una familia afroamericana humilde y el modo como el pasado vierte sobre el cabeza de familia la frustración de no haber podido llegar a ser jugador de béisbol profesional, desembocan en un estallido de emociones contradictorias que ofrecen un espacio de reflexión más que interesante. Es, en definitiva, lo que el mismo título desvela: vallas. Esas que tanto las que uno mismo se impone y a su vez también a los demás, las que impone la sociedad, las que cercan nuestras renuncias y las que nadie se da cuenta construir en su entorno hasta que se topa contra ese frontispicio.

Allá por los años 50, la inclusión de los afroamericanos en las grandes ligas ya era un hecho, pero para Troy llega demasiado tarde. Éste es un padre de familia resentido con la vida por no haber llegado a ser jugador de béisbol y por algunos otros hechos delictivos que marcaron su incipiente juventud. Tras cada jornada de trabajo como basurero, lleva a diario sus lamentos al patio trasero de su casa, donde se confiesa con su colega de toda la vida, Bono, somete a su hijo a abrazar los preceptos de su conciencia frustrada y a quien obliga a abandonar sus sueños de ser jugador de fútbol, y donde ahoga las penas de verse sometido a la estabilidad que otorga la familia pero no así su instinto de liberación a dejar aflorar quién es realmente.


Que Denzel Washington es un virtuoso de la interpretación no lo vamos a descubrir aquí ahora. Tampoco que Viola Davis es un valor infalible a la hora de dramatizar y darle empaque a cualquier personaje (de hecho se ha llevado el Oscar a mejor actriz de reparto por este papel). Pero el responsable de toda esta maraña de ejercicio intelectual es el propio Denzel, que sabía de primera mano el valor de esta producción puesto que ya había interpretado este papel en Broadway años antes. Además, los actores que les acompañan están a la altura de la exigencia del actor-director-productor de esta película. Se sale con la puesta de largo del personaje y da toda una lección de matices e histrionismo que se antoja una pequeña injusticia no haber logrado la estatuilla como mejor actor en esta edición accidentada de los Oscar.

Apenas vemos un puñado de localizaciones que podremos contar con los dedos de una mano. Si acaso aparecen testimonialmente dos individuos no afroamericanos. Se vale de una fotografía sobria y de una crudeza muy significativa, puesto que retrata a la perfección todo ese halo que rezuma el personaje y el entorno no lo es menos. La película está llena de momentos de gran nivel, donde en ocasiones la intensidad de los diálogos se acerca más a la dramaturgia de las tablas de teatro que del cine convencional, porque en realidad me veo en la obligatoriedad de recalcar que no es una película al uso, ni mucho menos comercial. Para el espectador que no tenga el ojo entrenado en mil batallas cinéfilas puede resultarle un poco cargante los casi 140 minutos que dura el metraje.


Y sería un pecado eludir los aspectos metafóricos que trascienden la pantalla respecto a los compromisos sociopolíticos frustrados del ex presidente Barack Obama y del resurgimiento racial favorecido por el ínclito Tío Donald. Esto daría para mucho y no viene al caso extenderse más allá de la mera anécdota. Troy encarna bien esa metáfora de frustraciones y desencantos que abrumaba más allá de las fronteras estadounidenses y que abruman ahora entre la población afroamericana con la llegada a la presidencia del flequillo rubicundo más famoso de la galaxia. No obstante, para comprender mejor estos apuntes habría que hacer un guiño también a la ganadora como mejor película, Moonlight (2016), a la gran olvidada en los premios de este año, Loving (2016), y a la descalabrada Figuras ocultas (2016), ya revisada en esta tercera temporada de POR FIN ES VIERNES.


03.03.17   -   Por fin es viernes   COPE Málaga 93.4 FM




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Sobre este blog

Este espacio es un lugar donde se desnudan las pequeñas y grandes historias que a veces pasan desapercibidas, quizá necesitan denuncia, o las que la vida cotidiana deja desamparadas y casi en el olvido. También habla de poesía y literatura, de cine, de la vida... Sin ninguna pretensión, con honestidad y sinceridad. Y respecto a las otras almas..., todos tenemos otras muchas que están en la nuestra.

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