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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

Personas

Para comentar, y sobre todo entender, esta parrafada que estoy a punto de soltar, he viajado hasta los albores etimológicos de la palabra "persona". Según la Real Academia de la Lengua, propone de manera escueta aunque explícita que el origen de esa palabra proviene del latín persōna ('máscara de actor', 'personaje teatral', 'personalidad'), y éste a su vez del etrusco φersu, que a su vez toma del griego prósōpon. Bueno, esto traducido es algo así como que en el teatro griego la voz con la que se dramatizaba y declamaba desde el escenario no era en ocasiones lo suficientemente potente como para alcanzar a todo el público asistente. De modo que se usaban máscaras para expresar sentimientos alegres, tristes, melancólicos, irascilbles... Aquellas máscaras recibían el nombre o apelativo 'para sonar' (per sona). Se deduce, pues, según la propia etimología de la palabra y, resumiendo porque esto daría para hablar horas, tal y como compone su origen la RAE, la personalidad, esa máscara de actor que todos llevamos consigo, es nuestro personaje teatral, lo que oculta todo cuanto llevamos dentro que queremos esconder y, a su vez, todo aquello  que queremos hacer oír hacia el exterior.

Por circunstancias personales que no vienen a cuento, especialmente el último año y medio llevo haciendo el recorrido Málaga-Benajarafe por autovía. Es una autovía que tiene unas restricciones de velocidad bastante específicas, donde en la mayoría del recorrido está prohibido superar los 80 kilómetros/hora, siendo un par de tramos explícitos y bastante reducidos los que permite circular hasta los 100 kilómetros/hora. La brutalidad y el exceso de velocidad, salvo honrosas excepciones (que son los puntos estratégicos por todos los conductores conocidos donde han de reducir la velocidad por la presencia de sendos radares), son la tónica general. Mi pareja, conductora experta y prudente donde las haya, respetuosa con la velocidad, las marcas viales y la señalización pertinentes, y este que les escribe, comentamos en ocasiones las numerosas jugadas diarias como si de un partido de fútbol cualquiera se tratase. Hemos presenciado accidentes inverosímiles, colisiones aparatosas, atestados con resultado mortal, adelantamientos imprudentes que emulan los que solía hacer otrora Fernando Alonso (siendo ahora el que las recibe), rebasamientos a 160 o 180 kilómetros/hora (aproximación que uno mide por el tiempo transcurrido entre línea y línea discontinua del bólido en cuestión comparado con el que discurrimos nosotros por el asfalto en el mismo tiempo), maniobras inverosímiles que hacen pensar en el flagrante desconocimiento del código de circulación (esto significa, por ejemplo, el hecho de que el ignorante de turno reclame, con sonoros golpes de claxon y aspavientos de energúmeno, que le dejes pasar cuando está situado en un carril de incorporación con un obligatorio ceda el paso en sus mismísimas narices, tanto en marcas viales como en señalización), la absoluta falta de escrúpulos  e igualmente desconocimiento del susodicho código que determina que ningún, repito, ningún conductor sabe respetar a la hora de enfrentarse a una señal de STOP (cuando esto ha sucedido en alguna ocasión ante nuestras narices, es decir, que un precavido decide detener por completo el vehículo ante la línea de detención, haya o no circulación que discurra por la vía a la que se incorpora, lo celebramos y le concedemos un pequeño premio virtual al conductor del año), pero sobre todo dejo para este pequeño final los túneles: un privilegiado escondite para adelantamientos estilo Indianápolis, excesos de velocidad inauditos, esláloms de vértigo que ni el mismísimo Sébastien Loeb sobre el hielo sería capaz de ejecutar, absoluta falta de respeto a la distancia de seguridad del que precede con el consecuente acoso para que aceleres... Demasiadas cosas que no acaban en descarnadas tragedias porque la fortuna, el ángel de la guarda, Dios, la providencia, los santos del cielo y toda la corte de mártires de todas las religiones habidas y por haber deciden que no es el momento.

Podría estar escribiendo en líneas generales sobre ese trayecto diario, que muy espeialmente debiera estar muchísimo más vigilado por las autoridades (y de paso harían caja de manera ingente); un trayecto ejemplificador de tantos otros trayectos de la geografía nacional del que podría estar narrando a diario un relato, y la sorpresa por parte del lector no me cabe duda que sería mayúscula. Y en este punto está preguntando... ¿Qué tiene que ver esta denuncia con la etimología de la palabra "persona"? Pues a eso voy...

La carretera es un fiel reflejo de la hipocresía de la sociedad en la que vivimos. Así, sin anestesia. Es el algodón del mayodromo de Ten. Se Utiliza la máscara de la personalidad para convencer, a quienes nos ven actuar, de nuestros estados de ánimos, de quiénes pretendemos o queremos ser. Mostramos así sensibilidades, sentimientos, prédicas y demás affaires  que enmascaren en realidad lo que llevamos dentro. Somos, querámoslo o no, actores que interpretan un papel de cómo queremos que nos vean y quienes nos gustaría ser en realidad. Y cuando nos ponemos frente al volante y entramos en ese habitáculo angosto del vehículo, o sobre la montura a cuerpo descubierto de dos ruedas, nuestro territorio privado y donde no hay cabida a la interpretación, aflora quiénes somos realmente. El vehículo es una extensión de lo que llevamos más hondo, es una 'habitación' donde dejamos a un lado esa máscara  para que dormite en un estado aletargado que recuperamos al estacionar. Ese alter ego que permanece indómito en el subconsciente aflora cuando hacemos nuestro el territorio de un trayecto por corto que resulte ser. En ese trayecto se engrandece el ego, el yo que está alimentado por el conjunto de lo social que le rodea, de lo que aprende. Ese trayecto en el automóvil describe con fidelidad lo que somos intrínsecamente.

Pero la peculiaridad que transmite el asfalto tiene que ver en parte con la adrenalina, especialmente si ésta se cruza con la testosterona. De todos es sabido los estadios por donde pasa un descuido o simplemente el respeto a las normas de tráfico, teniendo como cabeza visible o responsable a una mujer. La verborrea falacia del machismo más casposo da paso, no sólo en la locuacidad del bocazas de turno, también en las prácticas de conducción que van acompañadas de agresividad, alteración del orden, gestualidad ostensible, grosería,... póngale el lector el resto de imaginerías varias. Es algo así como lo que se ha dado a conocer con el sobrenombre de "poscensura". No hace muchas fechas leí un artículo más que interesante, que hace un resumen de ello y que aludiré con una simple oración gramatical para equiparar la magnitud: "Adular al superior, ofender al inferior y quejarse por la indignación del ofendido: he ahí la fórmula del ascenso social en el escalafón intelectual de nuestro tiempo". Y es que los que nos dedicamos a poner una palabra tras otra a veces nos vemos sometidos a la ofensa pública a través de las redes de alcantarillado social por el simple placer de vernos indignados por tales ofensas. Salen a la palestra víboras, ratas y otras alimañas con afán de medrar a cambio de unos ejemplares publicados en alguna editorial de renombre o simplemente por el beneplácito de ser custodiado por las alas del ofensor (habitualmente un intelectual venido a menos). Como contraprestación sólo han de prestar lealtad, como si estuviesen al amparo de un contrato de vasallaje, bajo la amenaza de ser considerado traidores a la causa del señor feudal, infligndo vejación y humillación gratuitos a todo aquel que se sienta humillado. Unos se sienten intocables ante el linchamiento y escarnio público y los otros medran en el escalafón mediático intelectual: todos contentos con su papel.

Sucede de un modo parecido con los conductores avezados que se echan a la calle a diario. Algunos se sienten con la potestad de ofender al inferior, al que posee un coche viejo o aparentemente de inferior cilindrada, tamaño, precio o potencia, o simplemente por ser del género femenino, y es propio en lacayos de estrato social semejante al aludido con anterioridad que liberen el claxon en apoyo al todopoderoso camión, furgoneta, potente vehículo de tecnología alemana o deportivo italiano. Un código no escrito que cada cual lleva en la guantera y que en uno de sus múltiples artículos lleva explícitamente impreso que quien respeta las normas de tráfico allá por donde va conduciendo es un maldito imbécil que no merece el menor de los respetos, y del mismo modo aquel que es capaz de tomar una curva a 140 kilómetros hora, o quizá por ejecutar un adelantamiento al doble de la velocidad del que tiene ante sí, o incluso por acosar intimidatoriamente por la retaguardia hasta el punto de verse obligado a cambiar apresuradamente de carril sin seguridad, es un auténtico macho ibérico. La eterna disyuntiva de nadar contracorriente al hacer las cosas como uno debe por respeto hacia los demás conductores, o infringir los preceptos y avasallar a todo el que no cumpla con esa ley intelectual no escrita de apartar a todo aquel que pretenda ser honesto.

Apenas hay mucho más que decir, pues he sido sumamente comedido y casi que no he querido entrar en la misma retórica del conductor intelectual (perdón, quería decir habitual) que pulula por estas carreteras de dios. En esta era de la tecnología y la información, de la cultura libre y compartir todo, del buenismo y lo políticamente correcto, ni tan siquiera hemos asimilado la procedencia de las etimología de las palabras que usamos diariamente. Esto no es la antigua Grecia, pero vamos en ese camino de retrospección en el que usamos y necesitamos de máscaras (fotos de perfil, información pseudofilosófica, acumulación de 'likes' y 'selfies' y 'amigos' y de un largo etcétera que conocemos todos). Y las necesitamos porque la voz no es en ocasiones lo suficientemente potente como para alcanzar a todo el público. Necesitamos usar esas máscaras para expresar sentimientos alegres, tristes, melancólios,... Aquellas máscaras recibían el nombre o apelativo 'para sonar' (per sona). Se deduce, pues, según la propia etimología de la palabra, esa máscara de actor que todos llevamos consigo es nuestro personaje teatral, lo que oculta todo cuanto llevamos dentro y queremos esconder, y, a su vez, todo aquello  que queremos hacer oír hacia el exterior. Eso cabe dentro del habitáculo de un vehículo, del mismo modo que en cualquier perfil de cualquiera de las redes sociales de las que somos esclavos, desde donde ejecutamos las acciones pertinentes de nuestro verdadero yo, afectando a cualquiera que pasaba por ahí, cualquiera que no conocemos, y en ocasiones hasta que conocemos bien, pero que nos suele importar más bien poco. Porque el punto de inflexión es el alimento de ese ego que escondemos tras la máscara. Y el verdadero problema es que esa actitud puede explotarnos algún día en la misma cara y ni tan siquiera el habitáculo en el que creemos estar protegidos o ser inmunes de todo cuanto hay a nuestro alrededor nos protegerá de la terrible tragedia de perder algo valioso sobre el asfalto... o quién sabe si sobre la línea de tiempo de nuestra máscara social.






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Este espacio es un lugar donde se desnudan las pequeñas y grandes historias que a veces pasan desapercibidas, quizá necesitan denuncia, o las que la vida cotidiana deja desamparadas y casi en el olvido. También habla de poesía y literatura, de cine, de la vida... Sin ninguna pretensión, con honestidad y sinceridad. Y respecto a las otras almas..., todos tenemos otras muchas que están en la nuestra.

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