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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

Déjame salir


Toda la crítica parece que se deshace en elogios por esta ópera prima del cómico afroamericano Jordan Peele, que, entre otras lindezas, califica el film como 'una obra de categoría mayor, en la que rezuma talento', 'lo realmente brillante es la perfección de su artefacto narrativo', 'ingeniosa, socialmente polémica, fresca como "thriller" o fantasía', 'extraordinaria ópera prima...' Y no le falta razón a la crítica. Aunque se me antoja en exceso exageración tanto elogio, lo cierto es que a mi parecer, que probablemente sea equívoco, se trata de una puesta de largo por primera vez como director bastante certero aunque inverosímil.

Probablemente, el principio haya recordado a algunos espectadores aquella de 'Adivina quién viene esta noche' (1967). Nada que ver con aquella en la que una joven lleva a presentar a su novio médico, afroamericano, con quien se quiere casar. El padre, encarnado por Spencer Tracy, quien con más inquietud se muestra porque cree que esa relación puede acarrearles más problemas que satisfacciones. 'Déjame salir', en cambio, se queda a mitad de camino por falta de credibilidad en su desarrollo final. Peele cuenta la historia de Chris (Daniel Kaluuya) un joven afroameriano que va a pasar un fin de semana con la familia acomodada de su novia blanca Rose (Allison Williams). Missy (Catherine Keener) y Dean (Bradley Whitford) desean conocerle personalmente y ese comportamiento tan complaciente de los progenitores de Rose parece ser que es por la incómoda relación interracial, aunque en especial su padre muestre abiertamente que no es así. En cuanto a Missy, psiquiatra con la habilidad de utilizar la hipnosis en las terapias con sus pacientes, parece tal vez la más reticente. Poco a poco Chris va descubriendo ciertos hechos cada vez más inquietantes hasta que se topa con la realidad que nunca hubiera podido sospechar.

El ritmo narrativo del guionista y director, resulta más que impecable hasta que se produce un hecho significativo, que sale a relucir en una extraña fiesta donde todos los que acuden a ella son blancos, a excepción de uno de los acompañantes. Un actoo involuntario que tiene que ver directamente con él cambia radicalmente las cosas, también en el guión. Y es que se producen varios hechos que difieren totalmente de esa primera parte impecable y que hace acrecentar el interés a medida que transcurre la intriga sobre lo que pasará a continuación.

Cierto es que lo más fácil para hablar de racismo es la 'America first' del ínclito Trump, pero Peele toma como referencia esos liberales que defienden la igualdad y lo políticamente correcto para poner en el punto de mira que aun existen heridas sangrantes al respecto y que todos los eufemismos necesitan una revisión urgente que tenga como premisa la sinceridad. Acierto del novel realizador que atina en esa metáfora. Porque, aun hoy, la integración racial es un talón de Aquiles que no sólo proviene de la derecha más conservadora, eso es lo obvio, también sucumben a ella las clases más acomodadas y demócratas de entre los sustratos sociales, y es ahí donde echa sal en las heridas el director sin que apenas el espectador se aperciba de ello.

Aunque se ha lanzado a decir de la película que es de género de terror o terrorífico drama familiar, intriga, thriller,... incluso comedia terrorífica, creo que esta disparidad o mezcolanza de criterios se debe a que Peele mezcla una serie de géneros con el sazonador de la comedia (que sabe manejar bien por deformación profesional), y lo hace con suficiente habilidad como para jugar al despiste. No obstante, nos encontramos ante una película de suspense que podría tener su inspiración en el mismísimo Hitchkock (salvando las distancias) por el entorno apartado que utiliza, la casa como escondite de secretos inconfesables y aterradores, personajes que inquietan con sus simples gestos y miradas, por lo que dicen, por como actúan. Si tenemos en cuenta como terror esto precisamente, es decir, lo que está ocurriendo o lo que se prevé va a ocurrir en la casa, Jordan Peele consigue ponernos la piel de gallina.

Destacar que la película reúne un elenco interpretativo notable con especial atención a la secundaria y siempre efetiva Catherine Keener (La intérprete (2005), Capitán Phillips (2013) y la pareja interracial Daniel Kaluuya y Alison Williams, que, a pesar de destilar más bien escasa química (se me escapa si es buscado a conciencia o simplemente es la ausencia de la misma) nos muestran una dotes bastante notables para adaptarse a las situaciones límite de la cinta.

Existen factores de forma que sugieren cierta inverosimilitud, ciertos hechos que pasan desapercibidos pero que no quedan suficientemente claros como para hacerse a la idea de la complejidad y a la vez sencillez de la trama. Probablemente sean éstas circunstancias y el exceso de exhibición de otros tantos aspectos los que producen algunas incongruencias y preguntas no resueltas, ni tan siquiera sugeridas. Algunas de estas son las que ofrecen prever qué es lo que ocurrirá a continuación, llegados a un punto de la película. Sorprenderá, entretendrá, el espectador se refrescará con un buen vaso de Coca-cola viendo en la pantalla esta propuesta, pero es muy posible que sienta que le ha faltado prolongación a un final previsible, poco verosímil y demasiado fácil para una trama tan compleja e interesante.

26.05.17   -   Por fin es viernes   COPE Málaga 93.4 FM






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Alien: Covenant


Cuando H.R. Giger plasmó con sus aerógrafos la 'criatura' creo que no soñó jamás la dimensión que podría llegar a tener su 'Alien'. Después de que Ridley Scott rodara 'Alien, el octavo pasajero' (1979), dudo mucho que fuese consciente del mundo que estaba a punto de parir en la pantalla. Lo que ya conocemos como saga, ha dado para secuelas, precuelas e incluso 'spin off' (Alien vs Predator -2004, 2007-, bastante irregulares y artificiosas). Eso plantea un problema. Si bien su primer título, Alien, el octavo pasajero, puede verse como un título independiente y es de donde salen todas las demás secuelas, las consiguientes secuelas y precuelas dependen tanto de esta como de las consiguientes para ser entendidas a plenitud.

Directamente, antes de sentarse uno a ver 'Alien: Covenant', hay que prestar más atención a su antecesora, Prometeus, que habló de una civilización y unos "arquitectos" de los que se trató poco y en esta continuación se habla menos, sólo se sugiere. En el lenguaje cinematográfico, no hay nada más elocuente y fotográfico que la sugerencia. Aquí en esta película hay un instante de sugerencia y es precisamente cuando se hace un pequeño guiño a esa civilización adoradora de esos "arquitectos" y en el resto es todo un fuego de artificio, efectista, entretenido y donde se desarrolla una historia que no cuenta nada nuevo, salvo la excepción del guiño que a buen seguro desentrañará sobre esa saga de "arquitectos" en una última entrega que enlace cuasi directamente con 'el octavo pasajero'.

La película comienza con un ritmo que recuerda mucho a Prometeus (2012). Una tripulación, una misión hacia un planeta, unos inconvenientes que hacen cambiar de planes, el nudo y el desenlace. Previsible, son muchos títulos ya. Salvo que esta vez cuenta con Michael Fassbender en el papel de un androide que juega a ser Dios y decide sobre el exterminio de las civilizaciones que no le resultan modelos de perfección. Quiere emular, perfeccionar y superar a su creador. En su lucha por llevar a cabo sus planes, se desarrolla el grueso de lo interesante que hay en esta película. Quizá, oficialmente, esta sería la crónica más relevante. Y quizá esto sea así porque pesan demasiado en la carrera del realizador obras maestras como Blade Runner (1982) o Thelma & Louise (1991), por poner sólo un par de ejemplos, o la propia 'Alien, el octavo pasajero'. Es difícil que se den las condiciones idóneas para hacer obras maestras por doquier, de los errores es de donde se aprenden las mejores lecciones, y de eso precisamente puede dar fe la larga trayectoria de luces y sombras de Ridley.

Viendo esta película como una producción ajena a las demás de la saga, habría que decir en su favor la apuesta renovada, hábil, efectista y entretenida del realizador británico. La historia parece que carece de matices en un principio y, de hecho, sacrifica lo racional por una apuesta más lúdica. También se vale de esa realización más febril de los primeros tiempos y mantiene un tono de tensión que está a la altura de los demás títulos alienígenas. Aunque carece de reflexión, excepto en esos instantes en los que, como sugerí al principio, apunta a esa estirpe de poderosos creadores llamados "arquitectos" y el modo cómo afronta el androide que posee ese don del libre albedrío para desear mejorar a su creador y construir a la criatura perfecta, hace  apunte de libre interpretación respecto al conjunto de toda la saga. En su conjunto el espectador no va a ver nada nuevo, pero poco de nuevo puede mostrarse en una precuela donde los títulos que preceden ya han contado lo sustancial. Ni que decir tiene que el 80% del peso de esta película recae sobre los hombros de Michael Fassbender: impecable. Se come los planos cada vez que entra en escena, bien sea como el androide Walter, bien como el androide David. Un portento que eclipsa a todo el elenco en cada plano que aparece.

Resumiendo, aunque en ocasiones el trayecto de la película atraviese fases de película de serie "B" de ciencia ficción, lo cierto es que el efectismo del presupuesto con la que se viste solventa la papeleta gracias al buen hacer de la realización del director y el portento de Michael Fassbender sobre el que se sostiene la película. Y aunque no hay nada novedoso que  descubrir, a título personal, esta secuela y Prometeus, caerán en un ostracismo dimensional si en una siguiente entrega se omiten los flecos que vienen arrastrando y que necesita ya una eclosión para que nos inocule ese huésped en nuestro organismo y podamos saber con exactitud cuál es el origen de todo. Catastrófico si se evita la producción. Hasta entonces, disfrute de este título que está precisamente pensado para lo que realmente es: retomar el pulso de sus 'ancestros' y mediar en el más que probable final.

19.05.17   -   Por fin es viernes   COPE Málaga 93.4 FM






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La dama de la pamela roja

Hasta el día de hoy me fascinaron siempre las mujeres orientales. Sofisticación, elegancia, honestidad, vapor de delicadeza. Incluso me produce cierto morbo mi compañera de trabajo, oriunda de Corea del Sur, a pesar de que la detesto y me resulta odiosa como compañera de trabajo; no así como mujer, que me parece un encanto, una delicada flor de cerezo. Hacer hice todo lo que pude para que la dueña del negocio apareciese y la mandase al paro, zancadillas a diestro y siniestro que no sirvieron para nada. De haber prosperado ese acoso, me hubiera quedado como capataz único del feudo. Pero no hubo forma de que apareciese la divina providencia, ni circunstancias que denostasen su trabajo como para que le diesen la patada a la enchufada...

Desde hace poco más de una semana llevaba encandilado perdidamente de una auténtica dama oriental, desconozco si japonesa, china, coreana, vietnamita o vaya usted a saber; me fascinaba ese halo de discreción, sobriedad y serenidad con la que se adornaba sin pretenderlo. Lo cierto es que me la encontraba a diario sentada con su vestido rojo corto, adornando su bella presencia con una pamela del mismo color, de la que se valía para solapar cierta timidez y su virginal tez blanca de los rayos del sol. Elegancia y pura honestidad, no exenta de cierta sofisticación. Siempre sosteniendo una carta en las manos, sentada en un banco de piedra de la avenida principal, la misma que me conducía hasta mi lugar de trabajo.

El caso es que ayer, después de una semana viendo a esa mujer misteriosa, frágil y encantadora, dirige su atención hacia mí justo cuando la miraba con descaro mientras caminaba hacia ella, con un gesto ciertamente sensual me invita a sentarme a su lado, en el banco. Llegaba tarde a trabajar, pero por mí que esperara sentada la creída de mi compi; o mejor, que esperase de pie. Me frotaba las manos casi literalmente y babeaba ya como un caracol. Sin mediar palabra preguntó si me llamaba Fernando. Y le dije que si. Si tenía 36 años. Y le dije que si. Si trabajaba en el centro de modas La Oriental. Y le dije que también. Todo en un correcto e impecable español. "¿Cómo sabe tanto sobre mí?, pregunté entre sorprendido y receloso. Simplemente me entregó la carta que sostenía en las manos, al parecer la misma que repasaba una y otra vez durante toda esa semana. Era mi carta de despido, y ese mismo día debía pasarme por mi cheque que esperaba en la gestora. La madre de mi compañera de trabajo... ¡cómo no me percaté de ello antes! Con una sonrisa, tildando así su discreción, sobriedad y serenidad, con ese punto de sofisticación y elegancia, me susurra que para futuras ocasiones dejase de hacerle la puñeta a los compañeros de trabajo, especialmente si son familiares de los propietarios.

Pues sí, me siguen fascinando las mujeres orientales... especialmente si son sofisticadas, elegantes, honestas, delicadas, discretas, sobrias, serenas, tímidas. Pero les confieso que he aprendido a no fiarme de ellas, especialmente si huyen del sol bajo una pamela y leen cartas en público a media mañana. Todas tienen un parecido razonable se vistan como se vistan...




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Vivir es aprender

La primera vez que viví lo que era una verbena, apenas era un infante, sentí una emoción hipnótica que me succionaba hacia el ojo de aquel rito grotesco, cuyo vórtice giraba al ritmo de 33 RPM, y consistía en multiplicar el sonido del tocadiscos a todo lo que daba el amplificador, ingerir todo el líquido disponible y masticar y deglutir todo aquello que te ofrecieran, incluido el olor a requemado y a aceite inflamado por la fritanga variada. Un momento en que todo el pupulacho barrial se congregaba en torno a las mesas de la peña, fueran socios o no, que daba vida y lustre a todo cuanto de bueno pasaba en aquel reducto dejado de la mano de dios, que es como decir del consistorio.

Eran tiempos difíciles y de cambios constantes. La peseta andaba muy devaluada, el paro se propagaba como una plaga, los altos hornos perdieron altura y desaparecían cuesta abajo sin remisión, ETA bombardeaba igual en grandes almacenes como en casas cuarteles de la guardia civil, en la frontera los camiones de frutas, verduras o leche, eran asaltados y derribados por los celosos y vandálicos vecinos de ‘alosanfanlandia’. Y allí, en un punto determinado del planeta, insignificante, un grupo de personas se ausentaban por unos momentos de sus quehaceres cotidianos para sepultar todas las carencias, frustraciones, tristezas, desavenencias, pobreza..., bajo una sonrisa, un par de bailes al ritmo de Boney M o de ABBA (también de algún que otro Verdial, que ni entendía ni pretendía entender, pero algunos bailaban como sólo se pueden bailar los Verdiales en Málaga), un espeto de sardina, un tomate picado con sal y aceite de oliva y una cerveza Victoria o una Mirinda, Kas de limón, Revoltosa o Coca-cola. Pero la música predominante era la sonrisa. Bastaban unos banderines de colores y farolillos de papel, unas mesas alargadas sin manteles, a tabula rasa, platos, vasos y cubiertos de plástico, con el correspondiente tocadiscos y altavoces para amplificar el sonido que se quebraba por las acometidas vibratorias sobre las membranas de esos loros cascados y ajados por el uso. 

Yo me encontraba en medio de toda esa vorágine, bailando (o haciendo como el que bailaba) con todos los camaradas de juegos y aventuras del barrio esos ritmos discotequeros de aquellas negritas de la galaxia, acompañadas por un epiléptico bailarín que parecía perder y recuperar al mismo tiempo el equilibrio en cada paso de baile, o esos acordes pegadizos de aquella familia numerosa de lo que creí era el lejano oriente, aunque el oriente estuviese más cerca del polo norte que de la muralla china. Cada poco me paraba a beber Mirinda, a comerme una sardina espetada en un buen cacho de pan cateto de miga dura y unos tajos de tomate cuyo olor mezclado con el aceite de oliva embriagaba el paladar y salivaba hasta casi el ahogo. El entorno se refugiaba flanqueado de naranjos en flor, cubriéndonos de un manto sibilino de azahar. Sin embargo, si había algo predominante, como la banda sonora de una película, eran las sonrisas, tildadas con alguna que otra carcajada.

Entre el calor de primero de mayo; los bailes acelerados y descompasados; las carcajadas que fluctuaban hacia las nubes y cosquilleaba la luna llena que parecía a punto de reventar; los chistes de ‘el Fali’, que cada vez que tomaba el micrófono firmaba sin saberlo esos preludios que fueron a llevar a la fama al gran Chiquito de la Calzada; las carreras de acá para allá; los imitadores de Tony Manero moviendo la cintura hasta casi quebrarse la cadera,... todo ese vértigo en mi estómago dio como resultado una mala digestión que me obligó a huir del fragor de esa batalla para dejar escapar la vida por el esófago, y como último destino la taza del retrete. Fue la primera vez que comprendí la leccion: la vida se come cucharada a cucharada, con calma.

Pero el ser humano es un ser inconsciente, dicen que el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra; yo diría que unas pocas de miles de veces, pero pudiera parecer exagerado; valga pues la etopeya, con dos es suficiente. Así que, después de ciertos desvaríos que pudieron costarme algo más que la integridad física, recibí una lección práctica que desde entonces no he olvidado hasta el día de hoy.

Trabajaba por las noches en un pub. Era un tiempo en el que me retiré del mundillo literario o artístico (habrá tiempo para poner las cosas en su sitio) y decidí que debía darle un rumbo al barco que capitaneaba y que iba a la deriva, sin timón, atravesando una tormentosa borrasca sin sentido para mí. Salí decepcionado y menospreciado de un mundo en el que creí que había honestidad, ecuanimidad, solidaridad, humanismo... Todo eso que se presupone a personas que optan por el conocimiento y la cultura pero que a la práctica predominan talantes intolerantes. Encontré un mundo salvaje, elitista, separatista, y veladamente fascista, a pesar de estar encabezados por adalides de la suprema izquierda. Porque demasiado al este es el oeste, y por entonces había demasiados caudillos que dictaminaban quienes sí y quienes no, a capricho, según el estruendo de las palmas y las sonrisas que les regalaran (a fecha de hoy siguen estando ahí, aunque con otros rostros y otros nombres, creyendo que todo lo que sujeta su cinturón es lo auténticamente verdadero y lo que queda fuera resulta poco menos que despreciable e inmundo, y no hay nada más fascista que precisamente eso, la inmundicia de creerse en posesión de la verdad absoluta y cercenar el cuello de todo el que no comulga con sus intereses u opiniones, algo así como 'caudillos' de las letras y las artes, a quienes se les deben lealtad si existe un deseo de medrar por parte de los palmeros). A pesar de todo, de mantenerme al margen y de navegar en soledad, continuaba escribiendo, pero con espaciada tranquilidad y en dedicación a amigos y conocidos. Regalaba poemas o pequeños relatos por una cerveza o algún aliciente extra para mantener en alza la noche hasta que el amanecer la devorara, o quizá también por un café.

Cierto día que logré unas 50.000 pesetas por ser finalista de un certamen de relatos, de cuyo nombre quiero acordarme, pero mi afición por encestar en la canasta del archivo municipal de residuos me impide saber siquiera cuál (puede que el destino a donde fui a recoger el cheque fue Toledo o Extremadura), decidí celebrarlo con unos compañeros habituales de jarana. Anduve perdido por la costa del sol como dos dias, sin dormir. Todo lo que recuerdo fue que visité discotecas, barcos en Puerto Banús, casas desharrapadas de individuos sospechosos de cualquier cosa menos de ayudar a la vecina anciana a sacar la basura, una chabola donde Dios no consiguió llegar con su diluvio, una jornada completa en La Luna de España (mítico local de Torremolinos cuya hora de apertura era las 6 de la mañana y el cierre a las 6 de la tarde)... Y sin ingerir nada de alimento, solo líquido espirituoso y algún que otro aliciente para que los párpados se mantuviesen bien abiertos.

Se me ocurrió zamparme, antes de acudir a trabajar al antro de porrones y demás bebidas espirituosas habituales donde trabajaba, un ‘campero’ con una Coca-cola y una ración de patatas fritas. Apenas comenzó la noche, me subió la temperatura corporal y la fiebre se acomodó hasta en el tuétano, sentí una emoción hipnótica que me succionó hacia el ojo de aquel rito grotesco, que consistía en amplificar el sonido de la mesa de mezcla a todo lo que diera el limitador del amplificador, ingerir todo el líquido disponible e incluso fracturar la consciencia inhibida con las cuchillas de las luces de colores que zigzagueaban de oriente a occidente en apenas un parpadeo. Aquella hipnosis, incubada en fiebre de un sábado noche, provocó en mí ese vértigo que se apoderó de mi estómago 25 años atrás, dando como resultado una fuerte indigestión que me obligó a huir del fragor de esa batalla para, por enésima vez, dejar escapar la vida por el esófago, y como último destino la taza del retrete. Fue la última vez que comprendí la lección y la primera que aprendí en realidad en qué consistía: la vida se come cucharada a cucharada. Tras aquello tuve una crisis gástrica que me empujó, me obligó, a cambiar por completo de vida. Me otorgó un timón, una profunda reflexión y una deriva que afortunadamente tuvo final feliz. 

Cada vez que pretendí deglutir la vida a dentelladas famélicas, acabé atragantándome hasta casi el desmayo. Entonces, un día, no supe cómo ni por qué, cae como un manto de azahar sobre mi tristeza un libro de Thomas S. Eliot y leo:

“Llevando el compás, marcando el ritmo en su danzar,
como en su vivir en las estaciones vivas,
el tiempo de las estaciones y las constelaciones,
el tiempo de ordeñar y el tiempo de segar,
el tiempo de aparearse hombre y mujer y el de los animales,
pies subiendo y bajando, comiendo y bebiendo, estiércol y muerte.
La aurora apunta, y otro día se prepara para el calor y el silencio.
Mar adentro el viento de la aurora se arruga y resbala.
Estoy aquí, o allí, o en otro lugar, en mi comienzo.”

Y comprendí que en cualquier lugar, en cualquier momento, aquí o allí, sin siquiera buscarlo, sería mi comienzo. Que todo el secreto radica en vivir, en su justa medida, en saber paladearlo todo y hacer buenas digestiones, que todo tiene un tiempo y que cada tiempo es su tiempo. Porque antes o después vomitaremos todo por el retrete hasta perder la consciencia y lo que quedará será aquello que supimos y pudimos paladear en su justa medida. Vivir es aprender y siempre hay tiempo, aquí o allí o en algún otro lugar, para un comienzo, una segunda oportunidad. Tan solo es cuestión de saciar el apetito en su justa medida. Y lo más importante: si algo ha de predominar siempre, como si la banda sonora de una película se tratase, son las sonrisas, a ser posible a 33 RPM.





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Z, la ciudad perdida


Hay tanto cuento chino en torno a la eterna búsqueda de El Dorado, se han gastado tantos miles de kilómetros de celuloide, que no bastaría un solo post para hablar de ellos. Quizá por ello, algunos incautos que han pretendido ver una película de aventuras al uso se han encontrado con una profunda reflexión sobre las metas inalcanzables, aún cuando estás no son siquiera materializables. El director, James Gray (El sueño de Ellis (2013), Two Lovers (2008)) logra una puesta en escena que va resultando hipnótica a medida que nos adentramos en una historia que, dependiendo de los ojos de quien contemple la obra de arte fotográfica de esta macro producción, pudiera resultar lenta o narcotizante, o por contra, quizá descafeinada. No obstante, 'Z, la cuidad perdida' recupera el espíritu épico de las grandes producciones del cine clásico que parecía olvidado y que andaba alejado de los exacerbados efectos visuales de hoy. Ahí encontramos realizadores como John Huston, David Lean o Werner Herzog. Brad Pitt, productor ejecutivo, ha visto filón y talento en James Gray y el binomio prepara ya un título de ciencia ficción.

'Z' Es, en sí misma, un portento de cualidades inasibles que va descubriéndose a medida que la película avanza, como avanza el deseo de alcanzar aquello que a priori solo existen en las bocas de los que propagaban habladurías sobre ciudades inexistentes. Basada en la novela del escritor neoyorquino David Grann, donde biografía la odisea del británico Percy Fawcett, la película discurre por los avatares de las expediciones que le llevan a la frontera entre Brasil y Bolivia, convencido de poder encontrar la legendaria y utópica ciudad donde han puerto otros muchos intentando encontrarla. Tras intentarlo por última vez, en lo que podría ser su viaje más ambicioso, Fawcett e hijo se adentran en lo más profundo de la selva. Un viaje que, además de recrear todos los sueños anteriores por alcanzar la misteriosa ciudad de Z, también servirá para reencontrarse emocionalmente con su hijo.

Tal vez podría decirse intrínsecamente que esta película sea un canto al fracaso, al no cejar en el empeño a pesar de lo fallido de nuestros intentos. Qué tras esos numerosos fracasos está en éxito o quizá en el fracaso se halla el mismo éxito de la vida. Replantearse esta reflexión de manera sincera puede dar al traste con muchas ideas preconcebidas respecto a la idealización que hace la sociedad de lo que debe ser el éxito. Y quizá, de esta manera tan elegante y discreta, James Gray apunta al fracaso como ejercicio interpretativo donde se halla el secreto del éxito. 

Desde el inicio de la película, con una gran escena de cacería por la campiña inglesa, hasta la última expedición por el Amazonas, debido al interés progresivo por la naturaleza y el entorno indescifrable, Percy Fawcett va entrando poco a poco en trance como un recorrido donde le espera la medida topográfica de la progresión de su obsesión y su pasión, del mismo modo como crece su devoción familiar, a pesar de los rencores que crecen en su hijo mayor a medida que sus ausencias son mayores. A cada lado del paraíso espera una vida, y en esa frontera un camino que se recorre río arriba con algunos incondicionales compañeros de aventuras que irán quedándose por el camino, tal y como sucede en la vida común de los mortales. La historia se va haciendo progresivamente universal: "estamos hechos todos de la misma arcilla", diría Fawcett, en claro apunte hacia la igualdad del ser humano, de la vida, frente a la naturaleza. Somos la misma materia.

Quizá la materialización de un sueño suponga la crónica de un fracaso, de algún modo uno va perdiendo o sacrificando cosas a medida que la obsesión o la pasión ocupa un lugar que personas o cosas han de abandonar. La hipnosis de lo desconocido, del abismo de la muerte, juega un papel más que importante en toda esta historia. La búsqueda de esa ciudad, ese sueño para poder mostrarlo al mundo, merece el riesgo de la muerte.

Para mi sorpresa, Robert Pattinson, actor de reparto sobresaliente, se ha quitado de un plumazo ese aura de chico melancólico y vampírico que enamora a las adolescentes y no era más que un rostro comercial y bonito para vender productos empaquetados para público con acné. De una soberbia bofetada ha dado toda una lección de saber estar y en esa línea le auguro un futuro prometedor en esto del cine. Sin desdeñar, por supuesto, el binomio familiar que componen Charlie Hunnam y Sienna Miller, convincentes y arrolladores en los pocos momentos de dramatismo.

Sin duda, una peli de la que se puede extraer muchísimo jugo y que probablemente me dejo algo en el tintero. Y si el espectador está esperando una película de aventuras tipo Indiana Jones, donde se ven malos contra buenos en una lucha fratricida donde siempre acaba ganando el protagonista, el espectador se equivoca de película. Esta es una cinta profunda, llena de matices, inconfundible y poco comparable a cualquier otra, quizá retoma el regusto del cine aventuresco de otro tiempo ya perdido. Hay que ir a verla predispuesto a hacer un ejercicio de reflexión y tomárselo con calma, ya que supera con creces las dos horas de duración (141 minutos) y el director ha tomado pausa en contar una historia profunda y llena de matices.


12.05.17   -   Por fin es viernes   COPE Málaga 93.4 FM



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Las dos caras de una moneda.

Lo conocí por una moneda. Un euro que se le cayó al suelo cuando trataba de insertarlo en la máquina expendedora de tabaco. Una moneda que recogí a tiempo antes de que la gitanilla pedigüeña del pueblo la succionara. "Aaaaay, que mal fario, payo. Vete a freír colillas, si no pudéis fumar, que sois renacuajos toavía", me dijo. Una moneda que devolví a su legítimo dueño, en su mano. Bastó un roce con la mía para intercambiar sonrisas, miradas, palabras... Éramos adolescentes, y como tales nos comportamos. Terminamos viéndonos a diario en un discreto banco del parque y dejamos a rienda suelta las revoltosas hormonas mientras fumábamos y nos besábamos a escondidas. Quisimos sellar nuestro incipiente, incomprendido y prohibido amor tatuando, con ese euro que nos unió, un corazón que alimentamos con nuestras iniciales, sobre la madera de aquel rinconcito apartado del mundo;  un refugio que se dejaba abrazar por la sombra de un árbol centenario. No éramos los únicos que encontraban cobijo por entre la frondosidad de aquel parque. Otras parejas venían a refugiarse por los bancos más discretos, como nosotros. Todos íbamos a fumar y 'freír colillas' al parque.

En cierta ocasión apareció por allí a pedirnos algunos céntimos la gitana pedigüeña, sonriente, la pobre andaba mal de carburador, de tal manera que contagiaba con sus palabras ese vírico mal de azotea. Negamos tener un sólo euro encima aunque en realidad sí que llevábamos dinero. La gitanita se molestó porque intuí que vio en la mano de mi media naranja el euro talismán que nos unió y solía llevar en la mano. Nos echó una maldición: "mal rayo os parta, payo. Así acabes arrastrándote por el zuelo friendo colillas", le espetó a mi compañero de emociones. Y ahí quedó la cosa.

A los pocos días una tormenta seccionó y abrasó el árbol centenario que nos cobijaba, cayendo sobre nuestro lecho emocional. Una de sus ramas lo partió en dos, también el tatuado corazón. Dos días después de aquello no supe más de ese amor de adolescencia. Hasta el día de ayer, que me contaron que aquél andaba sin descanso por el patio del frenopático donde busca colillas incansablemente con la intención de freírlas para el almuerzo o la cena. Como si la rama de aquel árbol hubiera caído sobre su lado del corazón horadado en aquel banco con el euro y lo hubiera trastornado de por vida. Qué capacidad de contagio llevaba en la saliva aquella cabra loca. Y asombroso el poder que tiene el dinero para cambiarte la vida, tan solo una moneda... A cara o cruz. Quizá nada de aquello hubiera sucedido si la gitanilla se hubiera quedado con el euro que serpenteaba por el suelo hasta llegar a mis pies. Pero así son las dos caras de la moneda. La suerte estuvo de mi parte y gracias a aquello supe de qué lado debía caer rodando por mis emociones.





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Sobre este blog

Este espacio es un lugar donde se desnudan las pequeñas y grandes historias que a veces pasan desapercibidas, quizá necesitan denuncia, o las que la vida cotidiana deja desamparadas y casi en el olvido. También habla de poesía y literatura, de cine, de la vida... Sin ninguna pretensión, con honestidad y sinceridad. Y respecto a las otras almas..., todos tenemos otras muchas que están en la nuestra.

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