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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

Desahucio exprés

Al entrar en el autobús, se creyó dueño del tiempo. Se sentó, como siempre, con el deseo de regresar a casa cuanto antes. Durante el trayecto, se aventuró a navegar por mares de redes sociales con la cápsula atemporal de su teléfono. Transcurrieron apenas unos segundos en su cabeza que en realidad fueron veinte minutos. Al mirar por el cristal se percató de que llegaba su parada.

A la vuelta, navegaba sin descanso desperdiciando su tiempo mientras caminaba, crédulo de su omnisciencia. Cosa que le costó cara, porque los minutos perdidos pertenecen a quien los encuentra. Escapó el último bús con los minutos malgastados acomodados en los asientos, afortunado benefactor de ese tiempo perdido. El propietario fue desahuciado...


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La Bella y la Bestia

Poco podría agregar ya que no se sepa sobre lo que propone esta pelíula. Esta es una historia que ya conocemos de sobras y que viene cargada y remozada de efectos visuales propios de los tiempos tecnológicos que vivimos. Desde la primera 'Bella y Bestia' (1913) made in EEUU hasta esta última que nos trae aquí ha llovido de mejor y peor manera. Lo cierto es que es absolutamente fiel a la versión animada de 1991 dirigida por Gary Trousdale y Kirk Wise, con todas sus canciones y sus actos. Quizá Disney pone definitivamente sus pies en la revisión de sus clásicos con personajes reales, ya iniciada la veda con El libro de la selva (2016) con esta y otras pelis que seguirán su curso y, dado el éxito que ya cosecha esta, probablemente copie los resultados sobre seguro. Por lo tanto, poca cosa verá el espectador de nuevo que no sea lo que ya conoce, con un toque de espectacularidad tecnológica como ya comenté en las primeras palabras de esta parrafada.

Entonces, ¿qué hay de nuevo, viejo (en esta nueva versión)? Estilismo artístico cuidado; dramatismo en su justa medida (ni demasiado empalagoso, ni maniqueísmo previsible o de andar por casa); que aparezca Emma Watson un extraño y no menos sorprendente acierto, aprovechamiento de la tecnología para crear ambientes emotivos sin que sean invasivos (recuerda en numerosas ocasiones a Tim Burton),... la película mejora todo lo ya conocido. Quizá bastante orientada para seguidores del género y conocedores de la historia. Quizá está de más las sugerentes inclinaciones sexuales de algunos de los personajes, cosa que inventa Condom  y que es un invento fallido.

La verdad es que la película se presta poco a relatar novedad más allá de la que ya se ha comentado. Un sobresaliente Emma Watson que conserva lo virginal y lo estético de la bella original y la dinamizada en la animación de Disney. El humor incisivo de las humanizadas vajillas y menaje variado, y sobre todo la brutalidad de la musculatura gótica de la que se rodea la cinta a veces hace olvidar una historia que se sabe de sobra conocida. Quizá parece pretencioso Luke Evans en el papel de Gastón, tanto como de genial tiene Kevin Kline. Ni qué decir tiene que el personaje abiertamente gay como LeFou, interpretado por Josh Gad, parece intencionado o dirigido hacia congraciarse con el público.

Evidentemente, esta película no podría hacerse desde le perspectiva de la verosimilitud, que es lo que se sacrifica para imprimirle un estilo más cartoon, porque de otro modo la historia quedaría diluida como quedaron otras en tiempos pretéritos. El acierto de Bill Condon es acercar los personajes reales a la diversión y la fantasía del cine de animación, tal cual como ese famoso número musical del festín dedicado a Bella.


Al final todo el mundo salía del cine con una sonrisa en los labios, satisfechos, porque esta Bella y Bestia es un canto al espectáculo, un musical en toda regla, un cine para disfrutar en familia y comer palomitas sin mesura. Y lo mejor es, sin duda, insisto, Emma Watson, interpretando a esa adelantada a su tiempo en una aldea más propia de más allá de los Urales de los 80 que de la francia aldeana decimonónica. Poco más se puede destacar de una historia de lo más conocida, que acierta en su afán por acercar la historia al entretenimiento y a la que hay que acercarse como lo que es, una película para entretener, un musical para disfrutar cantando y un drama para aprender que la belleza, al final, también está en lo que se ve...


25.03.17   -   Por fin es viernes   COPE Málaga 93.4 FM

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Antropología del duelo artístico

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Existe un empeño casi febril entre sus señorías, ministros y ex presidentes todos ellos tiempo ha, de retratarse para la posteridad en una obra pictórica y ser colgado junto a sus antecesores. Que la posteridad no les depare soga o patíbulo, sino un lugar en la memoria del congreso para beneplácito y admiración de los futuros adalides de la democracia. Si la cosa estribase, como suele ser común entre los mortales, en no retribuir a los autores de tan magnificas obras, sino que esos trabajos les sirvan como promoción, tal vez la dignidad del servidor público, por una parte, y la contribución de la inmortalidad, tanto del nombre del artista como de su señoría, por la otra, resultarían más que dignas y respetables para el contribuyente que se hace cargo de las cuitas, y de ese modo hacer entrega de un amor a la patria que honraría sus respectivas memorias.

En modo alguno quiero que se me entienda que quiero denigrar o menospreciar el trabajo del artista cotizado, pero si en realidad sus señorías quieren hacer algo en pos de los artistas españoles que necesiten de un pequeño impulso en sus carreras, creo que ese sería un buen trampolín. Y este pequeño aspecto lo traigo ahora aquí porque me cansa tener que soportar (lo he sufrido en mis carnes innumerables veces) las infames proposiciones por parte de los profetas en los negocios. La maldita expresión “…eso te servirá para promocionarte” produce arcadas y posteriores vómitos del tamaño manguera de riego a presión, estilo Monty Python en 'El sentido de la vida'.

Y resulta que cuando oigo a los listillos de turno emitir aquella frase ignominiosa me viene a la memoria las indecencias que hemos de tener que pagar todos de nuestros bolsillos, esos magníficos retratos de sus señorías que lo mismo cuestan 22.000 euros que 220.000, a la imaginería del ministro y según antojo de la pose y ambientación; ahí tienen a todo un ex director de la guardia civil -ni siquiera ex ministro- retratándose con medallas de mérito militar sin serlo, o ese magnífico ex ministro de defensa y ex presidente del congreso defendiendo a capa y espada el sentido suntuoso, solemne y sepulcral del asunto. Bien, parece que me he trabado en las disertaciones, pero verán al final como todo tiene sentido.

Quisiera comprender lo que suele ser incomprensible, es decir, qué regla no escrita se ha de seguir y cómo se regula esa regla no escrita para que un ex ministro o ex presidente decida retratarse, cómo elegir al artista, qué baremos se suelen barajar, qué clase de tasación se realiza para calibrar el costo real, por qué no existe un concurso público de méritos… Y dejaré de parafrasear cuestiones que nunca van a ser respondidas con claridad. La respuesta es siempre la misma: la elección es a dedo y el pago es a capricho del autor y según su caché (¿?). Usted pague y punto, que lo bonito y solemne que quedan los retratos en las paredes del congreso serán de rechupete. Además, serán cotejadas por las futuras señorías, historiadores que les visitarán para narrar a posteriori esas aventuras y desventuras por el estado de derecho, y lo que disfrutarán los más pequeños de la casa cuando vayan con sus papás a verlos en los días de puertas abiertas, cuando sus señorías hayan pasado a mejor vida. Pues sí, es esta la intención última… para cuando hayan pasado a mejor vida dejarán su impronta en el templo de la democracia. Una democracia que por detrimento de sus propias señorías cada día que transcurre viene siendo denostada y vilipendiada, voluntaria o involuntariamente. Porque este es un país cainita y envidioso, y si uno roba, todos quieren; del mismo modo que si uno es o se comporta como un idiota, todos los demás quieren la misma porción de tarta. Culo veo, culo deseo. A algunos se les nota más que a otros y por eso suelen pillarle con las manos en la mierda, les delata la ambición y esa avaricia que les envenena.

Y es que esa ambición de ser retratado para la posteridad va in crescendo a lo largo de los años, hasta el punto de copar titulares. Este o aquel ex ministro ha colgado su retrato en el congreso, a este le ha costado setenta y tantos mil euros, a aquel doscientos mil. Forma parte de lo que supondría el ritual del duelo en vida, el dejar constancias de la trascendencia del individuo a través del tiempo, de su cancillería y denuedo en servidumbre al estado. De algo de eso habla “La muerte derrotada: antropología de la muerte y el duelo”, del antropólogo, historiador de religiones y escritor Alfonso María Di Nola. Desgraciadamente descatalogado para el lector, es un ensayo bastante esclarecedor e interesante que disecciona tanto los distintos ritos según la cultura social en la que se enclava el hombre, así como los orígenes y sus rituales y supersticiones. Desde el principio de los tiempos, y en todas los estratos sociales, económicos y períodos del hombre, el ser humano cumple con una serie de rituales fúnebres como respuesta ante la pérdida, como duelo por la eterna ausencia, como recordatorio en la memoria colectiva. Un ritual entre lo religioso y lo supersticioso, porque tal vez la falta de respeto al extinto enfurezca a las diversas divinidades, quienes maldecirán las vidas de los que denostan lo sagrado de la vida al final de ella, justo en la despedida o en los prolegómenos hacia otro camino. Entre todos esos rituales, según la sociedad y costumbres populares del grupo, no sólo el ritual del duelo se practica una vez el individuo ha fallecido, sino también en las postrimerías del fatal desenlace, así como en sus efemérides como recuerdo de su estancia entre los vivos. Para ello incluso se erigen imágenes o símbolos que se han formado o construido en vida para su recuerdo, reconocimiento, homenaje o adoración. 

La verosimilitud y auténtico significado de esos retratos (impostados) de sus señorías vienen a determinar la emulación de todos esos históricos personajes, que mal que bien pasaron por el congreso o por reinar o gobernar este país. La conciencia les hace querer imitar la solemnidad de aquellos que admiran o fueron parte de la historia gloriosa u oscura. Contemplan esos retratos de reyes, gobernantes, clérigos y otros adalides y les habla la conciencia: “tú también eres parte de la historia de España”. Y allí que se zambullen en su ritual antropólogo de la muerte, a cumplir con el deseo de ser recordado por la mirada de posteriores generaciones y disfrutar en vida todo cuanto aquellos que vendrán a pararse frente a su retrato. Que se les recuerden una vez fenecidos en esos rituales de duelo que parecen ser las jornadas de puertas abiertas del congreso, donde niños y mayores se sientan donde se sentaron un tal o un cuál, y luego podrán verles en esos maravillosos y solemnes retratos, o viceversa.

Que no, que no estoy denigrando esa impostura, que hasta procede tener sentido ese ejercicio de egocentrismo patrio, pero no en la formas como ya comenté con anterioridad: la elección a dedo, la cotización a capricho. A falta de cámara fotográfica las diversas cortes estatales siempre han contado con artistas de contrastada calidad en sus pinceles y ojo fotográfico para servicio del reino. Obras de un valor artístico incuestionable en su mayoría. Sin embargo, después de Velázquez el sentido del realismo retratado llegó con el daguerrotipo. El realismo pictórico dejó ya de tener sentido a día de hoy, porque después de aquel genio incomparable ya no hay nada más realista que la propia fotografía. Pero a día de hoy, con la película en color, y nadando en esta revolución digital que nos desborda de superchería silícica, y que tan fácil resulta darle un clic a un botón e imprimir un formato de alta resolución para terminar de enmarcar el producto, me parece una falta de respeto y un despilfarro económico, que pagamos todos, seguir incurriendo en el decimonónico sinsentido ritual de duelo del retrato en lienzo para colgar de la "pinacoteca de retratos políticos más importante de España" (habría que decir la única probablemente). Apostar por una bonita fotografía de estudio, imprimir y enmarcar y listo, es la solución definitiva que mediaría en la lógica creativa con los tiempos que corren. Porque si al menos esos retratos tuviesen un miserable valor artístico, este amago de antropología del duelo artístico quedaría en agua de borrajas.
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Náufragos del paraíso

Esta es la pequeña historia de un poema que comencé a pergeñar en 1998 y acabó de formarse en 2012. Una pequeña historia que comienza con la tragedia de la primera patera que no terminó de cruzar el estrecho de Gibraltar y que se cobró la vida de 13 ciudadanos marroquíes (a posteriori fueron algunos más, la memoria a veces juega alguna mala pasada que otra y mi recuerdo estribaba en que eran más vidas humanas las esparcidas por las aguas del estrecho y playas gaditanas, aunque sí fueron rescatadas 17 personas que se salvaron que aquel desastroso naufragio). Allí quedaron varados los sueños y las esperanzas de un futuro mejor y allí quedó el amor de los seres queridos que dejaban atrás, desmoronado, deconstruido, desparramado por el mar, sin vida. En aquel momento comprendí que algún tipo de compromiso había que contraer con la sociedad que estábamos pariendo todos esos países que nadábamos en la abundancia y que sobre todo Europa tanto debía a ese continente que seguirá pidiendo aquello que le pertenece. Se me quedó grabada la imagen de un cadáver enclavado en la arena de la playa, parecía desmembrado aunque sus piernas y brazos descansaban sepultadas bajo la arena.

Me sentí obligado a percutir con unos versos, quitarme un poquito de ese dolor garabateándolo en el papel. Y ahí quedó, en un folio en blanco tintado de alguna otra cosa por el reverso. Di mil vueltas a aquella primera idea, taché y reescribí nuevos versos. Construí y deconstruí con total fidelidad hacia aquéllos pobres seres humanos que solo querían un mundo mejor para ellos y sus familias y encontraron la muerte. Tras un largo periodo (entre aquellos meses de finales del 98 y 2006, cuando volví a retomar el pulso a esta cosa de escribir) retomé este poema que afortunadamente (quien sabe si no desafortunadamente) rescaté del olvido y volví a reescribir varias veces. Al final lo di por concluido en 2012 y tal vez podría volver a corregir, aunque persigo el instinto de mi fuerza de voluntad obedeciendo sus pequeños consejos cuando me dictamina que he de abandonar tal y como está cuando encuentro dificultad en la corrección. Y así, tal y como las emociones dictaminaron, quedaron plasmados en estos versos libres. Espero y deseo la indulgencia del lector y emplazo a que realice todas las cuestiones considere necesarias de aclarar.


NÁUFRAGOS DEL PARAÍSO


Se retuerce el dolor de la despedida,
sobre la piel se esparce como gangrena,
alimentada con los despojos
de un corazón deconstruido;
aliento de vida que huye
de una inocencia ahogada en el mar.

Nadar, hacia el confín,
hacia la eternidad,
hacia lo que nunca fue
ni será.
La gangrena engulle
abrazos y piernas,
se esparce por la piel de la esperanza.

Busco y no encuentro.
Perdidos los pedazos del corazón
por el mar que nos separa,
esos pedazos que descansan
en la profundidad del paraíso,
de ese paraíso de puertas de acero
y estrellas de fuego.



© Daniel Moscugat, 2012.
© La paradoja del salmón (inédito).
® Texto protegido por la propiedad intelectual. 





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La sangre del tiempo perdido

Regresaba de ese lugar que hoy parece encontrarse en serio peligro. El sol caía de pleno, con el derrame de quien comparte aquello que rebosa del cuenco de las manos. En verano, vacaciones. Casi llegábamos a Julio y con él toda la saña estival en forma de terral. La biblioteca era para mí algo así como un templo y refugio adonde me dirigía habitualmente para rendir pleitesía a todos esos ancestros que eran (y siguen siéndo) algo más que dioses. En aquel espacio diáfano tenía a mi alcance, y gratis, clásicos de la literatura universal y todo el basto conocimiento sobre la vida y sus maravillas. Aquel día me entretuve leyendo alguno de esos innumerables relatos de Allan Poe con los que tanto disfruté (y sigo disfrutando). Evidentemente se me fue el santo al cielo y me dejó en el desamparo más absoluto. El tiempo en ocasiones se escurre de los dedos como el agua que fluye en un riachuelo. Y Aquel día debí haberme marchado bastante antes porque esperaba mi madre en casa para que fuera a comprar los billetes de autobús y ahora llamamos bonobús. Estaba los suficientmenete lejos como para que cualquier otro en casa pudiese ir; era, digamos, mi responsabilidad. Si no se adquirían en horario de oficina y en los aparcamientos destinados a las cafeteras que hacían las veces de transporte urbano, no había manera de poder conseguirlos en ningún otro lugar ni tiempo.

Iba ensimismado por el camino imaginando aquel goticismo de lobreguez plasmado por esa mente atormentada de Allan, ebrio de palabras y de sueños que sólo despertaba y despejaba con su botella de bourbon a la luz del candil. El camino siempre se hace eterno cuando los minutos corren río abajo, inundados de desaliento y esperanzado en que una sola rama pueda retenerlos hasta conseguir recuperarlos. Pero aquel no fue el día y aunque lo hubiese sido el tiempo que se lleva la corriente al final va a parar a la mar. Llegué tarde y la hora de cierre de las oficinas se acomodó en la misma desembocadura del río. Vi salir justo cuando llegaba a aquella señorita Rottenmeier de corta estatura, talle generoso y sonrisa afilada, bajita y llena de volutas, a quien supliqué me facilitara un talonario y que amablemente se negó. La tormentosa admonición que recibí al regresar a casa fue de órdago. Palabras de desdichas e insinuaciones hacia lo grotesco, desvelando que no podía haber cosa más importante en el mundo que comprar esos billetes de autobús ni cosa más insignificante que mi presencia en aquella casa.

Llegó la tarde y tocaba ir a los entrenamientos (carrerita y estiramientos, además del partidillo habitual) sobre el albero de Segalerva (por aquellos años de mediados de los 80 era todo un símbolo para los que aspirábamos a jugar algún día en el C.D. Málaga). Era otro templo, para mí de esparcimiento, pero un templo al fin y al cabo. Para otros era una religión verdadera, pero para mí sólo un simple medio posible para conseguir otros objetivos, que tampoco pudieron cumplirse cuando al final me reventé las narices contra ese frontispicio bucólico y mordaz que es la realidad.

De regreso, ya casi en la alborada declinatoria del Sol en busca de su descanso, me percaté de que debía comprar sin falta esos billetes de autobús para mi padre. Significaría mi crucifixión si fallaba. Por el camino de regreso me encontré con un compañero de fatigas, en labores futbolísticas, que estaba siendo acosado por ciertos numantinos que se reían de su aspecto. Comenzaron a empujarle y a atacarle. A riesgo de sufrir las mismas consecuencias me metí por medio. Sabía que el tiempo volvía a correr río abajo, con destino a la mar, el mismo destino que sospechaba iba a tener como consecuencia de perder un sólo minuto más. Un tiempo que de un modo u otro nunca es perdido. Entre zarandeos y empujones, conseguimos zafarnos de las garras de aquellos miserables que sólo pretendían divertirse un rato a cuentas de un pequeño incauto e indefenso. Dándome las gracias casi de pasada, salió corriendo y desapareció cual alma huye del demonio. En cuanto a mi, yo debía correr aún más si cabía la posibilidad de hacerlo puesto que la hora límite de las oficinas que dispensaban los billetes de autobús estaba por vencer.

Corrí como si pudiese tomar un atajo a la corriente del río, pretendiendo pescar los minutos que volví a perder en otra alegoría más que la vida me imponía en el camino y en el mismo día. Sin percatarme de nada, en el transcurso de esa carrera, al parecer pisé el agujero de un avispero y casi llegando a casa me picaron varias avispas: en un brazo, en la pierna izquierda, en el muslo derecho, en el cogote. Subí con rapidez a casa. Me esperaban para que fuese a la carrera por los billetes, estaba en el límite del cierre y comencé a vomitar y a sentirme mal. Me subió la fiebre y sentí los primeros síntomas de lo que más adelante supe que era un shock anafiláctico (esto lo experimenté con cierta inquina años después por la picadura de un tabarro que me dejo la cara hinchada, más parecía un alienígena de expediente X que cualquier otra forma de vida humana). Al final no fui a por los billetes de bus (obvio) y me cayó la del pulpo. La visceralidad de un padre que no comprendía nada más allá que aquello que transcurría entre el autobús y su puesto de trabajo, me dejó marcadas las espaldas y me reventó la nariz con la hebilla de su cinturón. Los entremeses los obviaré para no soliviantar a las masas pero al final acabó la cosa en prohibición de pisar la biblioteca y mucho menos seguir entrenando, sin descontar el brote de sangre que no se cortaba ni a la de tres (afortunadamente no tuve que lamentar una rotura nasal, pero me reventé las narices contra ese frontispicio bucólico y mordaz que es la realidad) y las espaldas marcadas como los latigazos de un Cristo cualquiera. 

La vida no es lo difícil que pudiera presentarse o las anacronías que en ella habitan. El ingenio brota de la dificultad y nadie me prohibió pisar el bibliobús, un autobús habilitado como biblioteca ambulante que paseaba un extracto de los sueños imposibles que dormitan en el sagrado templo de las letras a la espera de ser despertados en las conciencias de los que abren sus corazones. Nunca podré agradecer lo suficiente lo que supuso este invento para mi vida. Me hice socio y allí habilité mis incipientes correrías literarias sacando libros a escondidas y leyendo a la luz de una linterna en mi habitación cuando todos dormían. Lamentablemente nunca más pude volver a entrenar. Pero como solía decir mi madre, teta y sopa no caben en la boca. Más tarde volví al fútbol, pero era eso mismo, tarde, y formó parte de uno de mis hobbys y no de la proyección de una profesión. 

Pocos años más tarde de aquel infausto día, caminaba ensimismado en mi soledad y meditando sobre esa doble vida que debía acabar ya cuando unos individuos que ocupaban los asientos de un destartalado Renault 5 copa turbo hicieron detener el vehículo y bajaron del mismo como creyendo haber encontrado en mi persona al bastardo que había abusado de la inocencia de un jovenzuelo que también iba en aquel coche. Coincidía con la descripción que al parecer había facilitado. Me increpaban como si hubiera sido yo el culpable de algo que parecía haber hecho alguien se me parecía, y esperaba ya una paliza gratuita entre cuatro veinteañeros. Me preparaba para lo peor cuando vi salir de la puerta trasera al pequeño mindundi que años atrás salvé de unos envalentonados mocetones que solo querían algo más que unas risas, tal vez un par de bofetones y algunas refriegas por el suelo. Les convenció de que no era yo el que buscaban para apalizarle, Milagrosamente salí indemne de aquella tunda de palos que me esperaba. A veces el río se bifurca y la corriente hace coincidir en el trayecto para bien o para mal con otras corrientes que creíste perdidas para siempre...

Fue un gran aprendizaje para años posteriores. Algunas de las cosas que aprendí fue a llevar con discreción mi intimidad, creatividad y vida privada para preservarla de todo mal. Aunque este es otro capítulo que algún día verá la luz… uno ha vivido pequeñas muertes que te hacen recapacitar, reflexionar y tomar rumbos de nuevas esperanzas y perspectivas. Esas pequeñas muertes que hacen despertar la conciencia y ponen a dormitar ese matiz de inocencia que ya nunca más volverá. A veces no van a buen puerto, a veces cambian los vientos y te ves obligado a virar hacia otros destinos para no perder comba en la trayectoria real. Pero nunca ha de perderse la perspectiva, aunque se ha de tener claro que a lo largo de la vida siempre se ha de sacrificar algo para poder llegar a cualquier meta. Nunca cabe todo en el mismo coche. Cuando uno viaja en un Renault 5 copa turbo y ve que el tiempo nunca se bifurca en diferentes vías sobre el mismo plano, al final ha de elegir un camino y ese es en el que ha de viajar, aunque tome otras salidas para incorporarse a otras vías, incluso aunque incurra en el error. Sólo cabe ocupar un camino. En otro momento tal vez exista una salida, otra corriente, otra carretera que te lleve a parar al camino que debiste seguir. La sangre del tiempo perdido es la sustancia de la que uno aprende a sobrevivir con el dolor y, sobre todo, a aprender de él. Y el tiempo que se escapa de las manos y se lo lleva el riachuelo, por mucho que uno se apresure a recuperarlo, por mucho que acelere, al final una apasionada lectura, los aguijones de unas avispas o la solidaridad hacia el prójimo te hacen tropezar con la vida, y caes en la cuenta de que todo momento es el momento.

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Este espacio es un lugar donde se desnudan las pequeñas y grandes historias que a veces pasan desapercibidas, quizá necesitan denuncia, o las que la vida cotidiana deja desamparadas y casi en el olvido. También habla de poesía y literatura, de cine, de la vida... Sin ninguna pretensión, con honestidad y sinceridad. Y respecto a las otras almas..., todos tenemos otras muchas que están en la nuestra.

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